Coronavirus y Carmen Encantada

Estado de calma

La situación de aislamiento a la que el coronavirus nos ha obligado es vivida de forma diferente por cada persona y familia. Hoy Carmen Encantada nos habla de cómo lo está viviendo ella.

Mi querida población lectora:

No puedo por menos que lanzar este comunicado para informar de nuestra situación. Desde que se decretó el confinavirus, Rafa y yo estamos recibiendo llamadas al fijo de muchos seres queridos para interesarse por nuestro estado. Y me he acordado de este medio del que dispongo y he querido hacer un comunicado epistolar, por si alguien está preocupado. O preocupada.

Quiero deciros que llevamos bien la situación, dentro de lo que cabe. Como es natural, los días van pesando y el telediario es cada vez más tremendo y, claro, ya no es como al principio, que entre la novedad y la adrenalina de escuchar a nuestro presidente, que mira que es guapo, y cómo habla, que yo creo que a esos discursos tan bonitos les tendrían que poner música, pues lo que os digo, que los primeros días la cosa era más llevadera. O, bueno, digamos que distinta, que no quiero parecer pesimista.

Al principio Rafa estaba encantado con sus maquetas de barcos y yo entré en un frenesí culinario porque, como es natural, mi hija Lourdes, que como sabéis tiene dos hijos, necesitaba mi ayuda aunque fuese a distancia; y yo, que todavía bajaba a menudo al súper, pues iba preparando lo que iba necesitando para los niños, para ella y su marido, para las mascotas, para unas amigas suyas que dicen que la ensaladilla rusa me sale muy rica. En fin, para quien me necesitara. Me mandaban unos mensajeros muy eficientes a recogerlos, muy salaos. Se les veía cansaditos.

Pero luego se ha ido poniendo la cosa más dura y mi hija ha decidido hacer dieta de confinamiento, porque dice que tanta grasa no les va bien y, bueno, que yo creo que han decidido ser prudentes con el gasto porque al fin y al cabo, tanto mensajero va, mensajero viene, pues es dinero.

Así que llevo un tiempo un poquito más ociosa. Bueno, ociosa tampoco, digamos que hago otras cosas. He empezado a hacer limpieza a fondo. Estoy lavando todas las sábanas y las toallas, por si tenían bicho. Y las cortinas. Y los jerseys. Y los abrigos. Claro, como no cabe todo en el tendedero he montado uno de campaña; Rafa está un poco molesto, dice que nuestro salón parece la Mansión Tenebro, que tiene que ir levantando sábanas para encontrar el sillón.

Pero qué queréis, tantas horas aquí metida, algo tendré que hacer. Yo ahora bajo lo imprescindible porque esto de ser población de riesgo hay que tomárselo en serio. Y, bueno, porque el otro día ya tuve un medio altercado con una señora que pretendía llevarse el último bote de sofrito Hacendado, que menos mal que le vi los ojillos astutos por encima de la mascarilla y me adelanté. Parecía yo Pau Gasol haciendo fintas para coger el tetrabrik antes que ella sin rozarnos. Me da pena no bajar porque me gustaba darles unos cariñitos de ánimo al cajerotoriado y el reponetoriado, que, sin perjuicio de la clase médica, están dando un ejemplo de entereza y profesionalidad que ya lo quisieran muchos dirigentes (perdonad los términos técnicos, es lo suyo del lenguaje inclusivo). El otro día me dijo una chiquita del Día que lo hacía con gusto, que era su obligación. Pero se la veía cansadita también. Yo aplaudo por la ventana todos los días desde las ocho menos cinco, sin faltar ni uno, porque de 8:00 a 8:05 no me parece suficiente, porque aplaudo por el personal sanitario, que nos está salvando la vida, y por tantas personas que se están dejando la piel para que este parón no nos paralice. Y además desde el anonimato.

Con eso de lavar todo lo que tengo en los armarios he encontrado mi traje de novia, fíjate tú. Y lo he lavado también, claro, con el programa de delicados. He pensado que igual lo quiere mi nieta cuando se case, si se casa. O mi nieto, que nunca se sabe. De momento me lo puse yo un ratito y, oye, me vi guapa y todo, entraba sin problema. Pobre Rafa, qué susto se dio cuando me vio por el pasillo. Es que además está un poco enfadado conmigo porque no le dejo bajar al quiosco a diario. Yo le digo: Pero Rafa, no se puede bajar todos los días. Que bien es verdad que no se entiende que pueda uno ir a por el Marca a cada rato mientras el resto nos quedamos en casa sin salvoconducto.

Pues os voy a contar que cada vez que voy a sacar la lavadora veo una lucecita roja al lado de un rótulo que pone fin, y qué tonta soy, pero me da un vuelco el corazón de alegría cada vez que veo ahí esa palabra, que además está escrita con una letra cursiva muy bonita. No sé, me viene a la cabeza que así será, que un día saldrá nuestro presidente o el doctorcito este tan majo que tiene carraspera y nos comunicarán que ya, que se acabó el confinamiento, que vamos a poder salir a la calle. Yo sé que es una tontería, pero ese pilotito de la lavadora me da esperanzas. Rafa dice que como siga hablando con los electrodomésticos me retira él la palabra.

Por las tardes me siento a leer en nuestra terraza (he quitado la bandera de España porque me tapaba la luz, y con esto del encierro debo de tener la vitamina D por los suelos). Leer es, sin duda, la mejor manera de viajar. Estoy con uno de Almudena Grandes sobre la Guerra Civil y me viene a menudo a la cabeza una pregunta: ¿se parecería un poco el ambiente al que tenemos ahora? Y luego me digo: imposible, Carmen. Porque sin duda esto que nos está pasando es terrible y durísimo para muchas personas, pero estamos unidos, y eso es lo fundamental. Entre capítulo y capítulo me quedo pensativa muchas veces mirando mis plantas, que están como contentas, y a unos pajarillos que vienen a verme que no son ni gorriones, ni palomas. Sí, claro, guacamayos del Amazonas, me dice Rafa, que no se lo cree. Entre eso y lo del traje de novia le ha dado por llamarme Blancanieves. De todas maneras no le dejo acercarse a la terraza porque está empeñado en tirarle un barreño de agua con lejía al vecino de abajo, que sale media hora antes de los aplausos a cantar con una guitarrita pequeña. Cierto es que el chico no tiene una gran voz, pero le pone empeño, pobre. Es que los agudos del Resistiré se las traen.

Rafa no tiene wasap, como es tan obtuso. Pero yo sí, yo estoy al tanto de todo. Se está perdiendo unos vídeos y unas imaginaciones que tiene la gente que me mondo de la risa, qué ingenio, oye. Y los vídeos de mis nietos, que me los manda mi hija diciendo unas cosas que me dejan helada, por lo bonitas. Que nos echan de menos, que nos quieren mucho, que no vienen a vernos porque no nos quieren contagiar, pero que nos van dar un abrazo de tantos días como los que dure el confinamiento. Yo, fíjate, de alguna manera les veo contentos, yo creo que nunca habían pasado tanto tiempo con sus padres. Mi hija y yo nos conectamos de vez en cuando por videoconferencia (con unos pelos, la pobre, encima de que la cámara del móvil ya favorece poco) y aprovecha para desahogarse un poquito, que si no puede más, que si tiene a los niños todo el día encima, que si con el teletrabajo no tenía suficiente, ahora también profesora… El otro día se quedó de repente muy callada porque se le quebró la voz (y a mí también, claro); me dijo que nunca sabré lo que nos agradece todo lo que cuidamos de los niños Rafa y yo. Y que reconoce que a pesar del cansancio y las broncas, está pasando un tiempo con sus hijos que recordará para siempre.

Así que, qué queréis que os diga, yo con eso tengo gasolina suficiente para ser optimista un mes más. Quiero deciros que no os preocupéis, que estamos bien, estamos en calma. Que habrá que esperar a que baje la dichosa curva de la pandemia y que el día que podamos recuperar la vida diaria —que sea de a poquitos, que si no vuelta a empezar— vamos a recordar esto como un sueño. Dice Rafa que se arrepiente de haber dicho tantas veces que el mundo se va al carajo, que no quería ser cenizo.

Un beso, cielos, os quiero.

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firma Carmen Encantada

Carmen Encantada

Protagonista de ELLOS ENCANTADOS (¿QUÉ SERÍA DE TUS HIJOS SIN TUS PADRES?)" de Pablo Dávila Castañeda, publicado por MUEVE TU LENGUA.

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