En clave de humor

Así es una mamá malabarista

Desde la incorporación de la mujer al mercado laboral, las madres hacen malabares puros y duros. Me he propuesto demostrarlo.

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mama malabarista

Lo que hacemos las mujeres con un portátil, el coche, la pareja, la cena y un bebé es todo un espectáculo muy vistoso pero también muy difícil. La vida de la madre es siempre una cosa dificultosa llena de fuegos por apagar, de la que siempre acaba saliendo airosa, es decir: un mar de malabares.

1ª ley del malabarismo: las fechas nunca encajan

No creo que haya nadie en el mundo que durante el acto sexual esté pensando en el calendario escolar. Sin embargo, una suerte de puntería extraña juega en nuestra contra siempre. Repito: siempre. Hagas lo que hagas, tu bebé nacerá en el momento más inconveniente: cuando tu amiga del alma se va a ese viaje a Nepal para el que lleva ahorrando desde los 12 años; cuando casualmente finaliza tu contrato y por una semana no te cubre la baja maternal; cuando todos están brindando por el año nuevo...

A partir de ahí, la asincronía te acompañará siempre: por solo unos días tu hijo tardará un año más en incorporarse al cole y te gastarás un dineral más en guardería; o el papá de la criatura conseguirá un excelente trabajo ¡nocturno; o tu empresa decidirá que la rotación de horarios dinamiza el trabajo y tú lo que querrás es ¡dinamitar el trabajo!

Soluciones

La técnica del malabar se sustenta sobre amables vecinas con buena disposición (e incluso sobre vecinas desconocidas que parecen la bruja de Hansel y Gretel, pero no nos queda otra que confiar), sobre mentiras piadosas en el trabajo ("tengo que salir antes porque el dentista solo me da cita a las 17.22, es una manía que tiene conmigo") y siempre, siempre, siempre, sobre la improvisación.

Esa capacidad innata para soltar un monólogo de dar mucha pena, o para crear soluciones surrealistas, como dar un nombre falso cuando te van a poner una sanción.

2ª ley del malabarismo: los virus se confabulan contra las madres

No sé qué hace el Instituto Nacional de Estadística que no crea un gabinete que estudie en profundidad la puntería de los virus y su incidencia en la vida de las madres. Lo peor son las advertencias de los demás, que no sirven absolutamente de nada: "¡Ya verás cuando empiece la guarde! Lo normal es que cuando entre en contacto con otros niños esté enfermo todo el día". Vaya, qué bien.

Soluciones

Paracetamol o ibuprofeno, que ahora parece que está más de moda, en todas las formas que el mercado oferta y recurrir a quién sea (y esto significa quién sea) para el cuidado de nuestra nena o nuestro nene.

3ª ley del malabarismo: el mundo adulto es excluyente

Cualquier encargo, gestión o plan de ocio tiene por costumbre no admitir niños. La notaría, el salón de belleza o ese recoleto restaurante donde nos han invitado a cenar no suelen ser "kidsfriendly" precisamente.

Soluciones

Lo habitual es hacer una lista mental de adultos a los que poder dejar a nuestra descendencia unas horas. Los primeros seguro que serían los abuelos, pero o bien viven en otra ciudad o bien tienen la final de petanca del parque. Hermanos, cuñados... Todos tienen unas agendas fascinantes. Y así, vas agotando la lista, hasta llegar a la vecina del tercero derecha que una vez te dijo que si necesitabas algo, contaras con ella.

Accede a quedarse con tu hijo/a, pero un rato porque tiene que irse. Entonces te acuerdas de que tu cuñado, el fiestero, te ha dicho que tenía un hueco a última hora y lo apañas para que recoja a la criatura en el tercero derecha. Dejas llaves a unos y a otros, mandas whatsapps con instrucciones de comidas y horarios… Fácil ¿no?

4ª ley del malabarismo: el cuidado de los niños es un negocio

Dadas mis eternas jornadas laborales (y que soy madre soltera), hace tiempo que tuve contratar una canguro. Recurrí a una web especializada y realicé un complejo proceso de selección. Me decanté finalmente por una enfermera en paro, también madre soltera, que traería a su hijita cada día. Le enseñé la casa y le di instrucciones precisas de cada cosa. Empezaba un lunes y el domingo a las 11 de la noche, me llama para decir que ha decidido que no quiere trabajar como canguro y que padece problemas mentales severos.

El mundo se me vino encima. ¿Qué podía hacer con mi vida, mi trabajo, mis niños?
Yo no fui la primera ni la última que se ve en esa tesitura, seguro. Existe una solución siempre, pero en el momento es difícil encontrarla.

Soluciones

Volví a chequear la web y llamé a una tal Carmen que vivía cerca. Apareció el lunes, cinco minutos antes de que yo me marchara y la dejara al cuidado de mi casa, mi vida, mis hijos. Cuando abrí la puerta, casi me da un parraque. Carmen era una especie de Marilyn Manson, maquillada hasta el píloro y vestida de luto integral. Le di las llaves y me fui a trabajar convencida de que pagaría mi temeridad.

Aunque fuera a cambio de dinero, creo que nadie ha cuidado tan bien a mis hijos jamás, ni siquiera yo. Hoy yo tengo una amiga que se llama Carmen a la que adoro y mis hijos son unos eruditos en música y cultura gótica.

5ª ley del malabarismo: las vacaciones no son vacaciones

Existe una asincronía total y absoluta entre los casi tres meses de vacaciones de los niños y los 15-30 días de los padres (que además, no siempre coinciden). Es así desde hace años... Y lo sorprendente es que nadie se ha echado a las calles, no hay pancartas de protesta en los balcones...

Algo tan importante como el descanso humano, se convierte en el súmmum de los juegos malabares, en una suerte de rompecabezas que termina por encajar casi de forma mágica en el último momento.

Soluciones

No es que puedas tirar de ludoteca, o coles y guarderías que organizan campamento urbano o familia en el pueblo... Es que no te queda otra que tirar de todo eso y más para poder completar un cuadrante imaginario donde tu hijo o tus hijos son los malabares que van danzando de un lado a otro.

Conclusión de la autora

La sociedad no está preparada para cuidar a sus futuros gobernantes, premios Nobel y trabajadores. Y somos sobre todo las madres quienes sacrificamos tiempo y esfuerzo en conciliar (ese concepto tan bonito y tan imposible).

Claro, que si razonamos en positivo, nos daremos cuenta de que estamos educando a unos seres maravillosos, capaces de cambiar el mundo y sus horarios irracionales. Y también que somos capaces de gestionar una multinacional petrolera y varios departamentos de recursos humanos sin despeinarnos.

Con tantos malabares, estamos capacitadas para delegar en desconocidos, detectar a los individuos más solventes para cada tarea, educar con amor y atender a todos nuestros compromisos. Pero, sobre todo, para algo básico y muy necesario en los tiempos que corren: restar importancia a las cosas, no agobiarnos y encontrar solución para todo, aunque la solución sea no hacer nada.

Después de encajar a los niños en tantas situaciones, aprendemos a no exigirnos tanto. Y eso, es todo un avance. Así que, la próxima vez que te pregunten tu profesión, contesta sin temor "¿Yo? ¡Malabarista!"

Diana Aller es escritora y madre

Etiquetas: bebé, niño

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