Familia

Maternidad y paternidad: el mejor curso de desarrollo personal

La experiencia de convertirnos en madres o padres supone un curso acelerado de desarrollo personal, especialmente cuando somos padres implicados que queremos dar lo mejor de nosotros mismos.

El proceso de educar a nuestros hijos es una oportunidad de oro para “educarnos” a nosotros mismos, cambiar aspectos que no nos entusiasman de nuestra forma de ser, desaprender conductas heredadas y, poco a poco, llegar a ser nuestra mejor versión. Por otro lado, si decidimos formarnos para mejorar nuestra labor educativa, es muy probable que todo lo que aprendamos para acompañar mejor a nuestros hijos nos lo podamos aplicar a nosotros mismos. El de la paternidad es un aprendizaje que revierte positivamente en los progenitores. Y esto, por supuesto, beneficiará a nuestros retoños

Cada vez estamos más convencidos de la importancia del autocuidado para la maternidad. Sabemos que para poder cuidar tenemos que cuidarnos y que las personas que se cuidan están en mejores condiciones para cuidar de los suyos. Con el parenting, es decir, la crianza, ocurre lo mismo. Cuantas más herramientas, recursos y conocimientos poseamos sobre esta decisiva tarea vital, mejor preparados estaremos para afrontar los retos que nos depara la aventura de educar.

Los adultos tendemos a olvidarnos de que fuimos niños, sin embargo, tener hijos y observarlos en el día a día nos da la oportunidad de aprender y crecer como personas reflexionando sobre nosotros mismos y nuestro papel en la vida de nuestros descendientes.

Es curioso que muchas de las cosas que aprendemos como padres y madres nos revelan elementos o partes de nosotros mismos en los que quizá no habíamos reparado. Una de ellas puede ser nuestro “mapa personal” del mundo. Todos esos aspectos que descubrimos también están presentes en los niños.

Las experiencias que tuvimos y tenemos, el modo en que las procesamos, la riqueza del entorno que nos rodea y los modelos de afrontamiento que recibimos de nuestros padres tienen mucha relación con nuestra forma personal de ver y representar el mundo.

Todos vamos formando, a lo largo de los años, nuestro propio mundo, organizando los conocimientos sobre la realidad. Hacemos una especie de mapa. Pero ese mapa no solo está compuesto por la información que tenemos, sino por otros elementos. Estos componentes del mundo personal son mucho más estables que el conocimiento (que cambia con facilidad), por eso es tan importante que estemos al tanto de la forma en que piensan nuestros hijos, sus creencias, sus miedos y certezas, y hagamos un esfuerzo por observarlos y comunicarnos con ellos para conocer y comprender su “mapa mental”.

Uno de los principales objetivos de la educación es que nuestros hijos construyan en su mente una buena imagen de sí mismos y de la realidad. Que ambas concepciones resulten positivas y equilibradas es fundamental para el desarrollo emocional y social de los niños.

¿Cómo se construye un buen mapa personal?

Podemos precisar cuatro ámbitos o elementos esenciales, aunque no únicos, que configuran una buena imagen de la realidad:

1. La percepción del mundo y de las personas

La realidad se interpreta no solo cognitivamente, sino también con la percepción emocional, en función de lo que sentimos. Están las circunstancias y nuestra interpretación de las circunstancias. Las emociones influyen tanto en nuestra vida que todos recordamos mejor aquello que nos emocionó positivamente de niños y tendemos a olvidar aquello que nos resultó más negativo o traumático.

2. La seguridad o inseguridad

La inseguridad de algunos adultos y su baja confianza pueden deberse a un autoconcepto negativo cuando eran pequeños, a un exceso de reproches o castigos injustificados, a las etiquetas negativas que hayan asociado a su propia imagen, a la falta de cariño o atención de sus padres… Todo ello dará como resultado una baja autoestima. Si partimos de una imagen pobre de nosotros mismos, es difícil que la realidad externa nos parezca atractiva.

3. El optimismo

Como decimos, ser positivo o negativo no depende tanto de los hechos sino de las interpretaciones que hacemos sobre lo que nos ocurre. Las personas optimistas esperan que las cosas salgan bien y, aunque a veces no suceda así, prestan menos atención a los aspectos más negativos. Por el contrario, las personas pesimistas tienden a destacar rápidamente lo que sale mal y a anticipar distintos fracasos.

4. Los hábitos emocionales

Influye también el estilo atributivo, es decir, dónde situamos la responsabilidad de lo que nos sucede. Unas personas pueden sentirse culpables de algo sin serlo realmente (se autoinculpan en exceso) y otras culpan a los demás de todo lo malo que les ocurre a ellos. Dos muestras opuestas de cómo una creencia o una actitud errónea, contribuye a un desenfoque interpretativo de la realidad.

De manera que uno de nuestros primeros cometidos como padres y madres será revisar estos elementos en nosotros mismos, ajustar lo que sea necesario y, después, trabajarlos con nuestros hijos para que construyan una imagen de la realidad positiva y llena de posibilidades. La buena noticia es que podemos fomentar una forma de pensar y de sentir alegre y optimista. Existen hábitos emocionales, de pensamiento y de conducta que, integrados en nuestro día a día, van a generar un impacto positivo en nuestra familia.

Artículo ofrecido por Mariola Lorente Arroyo, Universidad de Padres-Fundación Edelvives

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