Educación del niño

Ama tanto a tus hijos que sólo sepan recibir y dar amor

Amar a nuestros hijos comprende no solo quererlos, sino aceptarlos tal y como son.

La palabra amor tiene cuatro letras y con ellas podemos destacar cuatro actitudes que son necesarias practicar diariamente para que nuestros hijos se sientan amados y seguros y eso les enseñe a reconocer tan bien el buen trato que sepan poner límites en las relaciones donde no son tratados bien.

Atención

Ama tanto a tus hijos que sólo sepan recibir y dar amor
Foto: Istock

Hasta los tres años aproximadamente amamos a través de los cuidados, el bebé es un ser dependiente que necesita de un otro para todo, ser alimentado, protegido, amamantado, atendido, etc.

Nadie se cuestiona no atender el llanto del bebé porque entendemos perfectamente que a través de ello se comunica y nos indica si tiene hambre, frío o sueño, y cuando es muy insistente directamente lo llevamos al centro de salud porque si no podemos calmarlo seguramente es porque le duele algo. La atención es una forma de amar, a través de los cuidados le transmitimos seguridad y tenemos la oportunidad de desarrollar el apego seguro.

Mantener la presencia

La presencia del adulto tiene que ver principalmente con la capacidad para gestionar el estrés que nos permite ser sensibles a las necesidades del niño que van más allá de los cuidados. A partir de los tres años sobre todo, empiezan lo que alguno ha denominado “los terribles dos años” cuando en realidad es una etapa maravillosa para transmitir con mayor fuerza “yo estoy aquí haciendo lo que puedo en lo que aprendo a entenderte”.

A medida que el niño va adquiriendo autonomía, necesita menos de unas cosas y más de otras, pero nos sigue necesitando igual. Ya puede comer y vestirse solo aunque muchas veces no quiera porque tendrá que enfrentarse a la frustración de dejar de jugar para hacerlo, con lo cual ayudarle a gestionar las pequeñas frustraciones con las que se encuentra cada día será lo importante de esta etapa.

Los padres tenemos que analizar nuestra mirada, ¿qué me impide ayudar a mi hija en este momento cuando me pide algo llorando? quizás que me pone nerviosa escucharle “lloriquear”, quizás que tengo muy arraigada la idea de que los niños tienen que aprender a portarse bien y eso incluye no pedir las cosas llorando o quizás que vivo con tanto estrés que mi capacidad para permanecer presente cuando más me necesita es tan limitada que literalmente me encuentra de cuerpo presente pero de mente ausente.

Observar la conducta

Observar la conducta tiene que ver con querer ver más allá de ella, entender que lo que tenemos delante es la punta de un iceberg y que quizás no estoy teniendo en cuenta todo lo que está oculto. Si te quedas sólo con la conducta acabas haciendo interpretaciones desde tu propia emoción que muchas veces se aleja de la realidad; “cuando mi hijo llora, me pongo nerviosa y como creo que es malo que llore porque ya no es un bebé, le ignoro para que deje de hacerlo”. Este es un claro ejemplo de lo que no conviene hacer, por si alguien tiene la duda.

En este caso, no observar lo suficiente la conducta de llorar nos lleva a dejarnos llevar por la emoción y no valorar posibles causas que tienen que ser atendidas como por ejemplo que llora porque todavía no sabe calmarse, llora como forma de expresar una frustración muy intensa, llora porque su deseo de conseguir algo es muy grande y todavía no sabe esperar, llora porque todavía no sabe poner palabras a lo que siente, etc.

Si nos detenemos a observar la conducta entendemos que más que enfadarnos por ella, el niño nos está mostrando precisamente sus carencias educativas, todas las habilidades sociales y competencias emocionales que no tiene y que necesita que alguien se las enseñe, ¿quién mejor que sus padres para hacerlo?

Reparación de vínculos

Consejos útiles para amar a nuestros hijos
Foto: Istock

Mientras aprendemos nos equivocamos, esto no puede ser de otra manera. Es como cuando un bebé está aprendiendo a andar, se cae muchas veces, se levanta o le levantan pero esa “torpeza” le permite adquirir seguridad y avanzar, nosotros igual. Pero hay que diferenciar entre los errores que cometemos que en principio no afectan a nadie y cuando los analizamos sacamos un aprendizaje del que nos beneficiaremos en otra ocasión y las acciones que generan un daño que tienen que ver más con nuestra falta de experiencia, conocimiento sobre la crianza o falta de competencia emocional.

Pongamos un ejemplo sencillo. De primeras en la familia apostamos por la comunicación y la asertividad que envuelve nuestras palabras con amabilidad pero cuando las situaciones nos generan cierto estrés y tenemos dificultad para gestionarnos, esa asertividad va menguando y es probable que los gritos aparezcan “¡te he llamado cinco veces y hasta que no te grito no vienes!”, “parece que sólo reaccionas al grito porque cuando te hablo no me haces caso”, etc.

En estos casos tenemos que tener claro que si gritamos es porque no hemos sabido gestionarnos a tiempo, no hemos puesto el límite a tiempo o ya veníamos con la batería baja del trabajo, pero en ningún caso porque ellos sean merecedores de ese trato, es aquí donde aplicamos la reparación de vínculo como una forma de amar: “siento como te he hecho sentir, no me ha gustado lo que has hecho pero tampoco cómo te he hablado, ¿empezamos de cero?”.

Para un siguiente artículo voy a adelantar una idea que desarrollaré ampliamente “Los niños necesitan tanto sentirse amados por sus padres como ver muestras de amor entre ellos” Los padres que se respetan, tanto si están juntos como separados, si tienen muestras de amor entre ellos, crean un lugar seguro donde los hijos quieren estar y del que se irán sabiendo dar y recibir amor.

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