Combatiendo el racismo

Antirracismo para niños: Guía para combatir el odio según la edad de tus hijos

Es el momento de cambiar las cosas. Y aunque en países como en Estados Unidos todavía es difícil, muchos padres y madres apuestan por combatir el odio desde la infancia, fomentando la tolerancia y la compasión. La forma de hacerlo dependerá de la edad que tenga el niño/a.

A raíz del asesinato el pasado 25 de mayo de George Floyd a manos de un policía en el Estado de Minnesota, en Estados Unidos, millones de personas en todo el mundo (pero especialmente en el país norteamericano) se han manifestado contra el racismo y la xenofobia. Y, es cierto, ya algunas cosas han comenzado a cambiar. Por ejemplo, algunos Estados han tomado la decisión de retirar algunas estatuas y figuras consideradas como racistas o xenófobas a lo largo del país. Pero todavía hay muchísimo que hacer.

De hecho, desafortunadamente, los estadounidenses están siendo testigos de ver todo tipo de odio, no solo racismo o xenofobia. También antisemitismo, homofobia, transfobia o misoginia, entre muchos otros. 

Con todo ello, es normal que muchos padres, no solo en Estados Unidos sino también en nuestro país y en cualquier otra parte del mundo, se preocupen de que sus hijos puedan estar expuestos desde muy pequeños, llegando a deformar sus puntos de vista sobre la diversidad y la exclusión.

Por suerte, es perfectamente posible contrarrestar ese alcance insidioso del odio antes de que sea demasiado tarde, de la misma manera que, por ejemplo, es posible impedir o prevenir los prejuicios antes de que surjan. Todo dependerá de la edad que tenga el niño.

De 0 a 6 años de edad: asentando bases positivas

Las vivencias del niño en sus primeros años de vida son esenciales para su etapa adolescente y adulta. Por este motivo, en estos primeros años es esencial sentar bases positivas, abordando el odio existente en parte de la sociedad cultivando su opuesto: la tolerancia y la compasión.

Por suerte, el niño a esta edad posee una ventaja inicial casi innata: cuenta con una inocente indiferencia hacia lo que distingue a las personas. Aunque es cierto que son tremendamente conscientes de las formas en que diferimos, no nacen identificando a las personas con una raza, una etnia en particular o un género.

La esperanza reside en el hecho de que los niños que crecen en comunidades socioeconómicas, étnicas o de otra manera diversas, tienden a poseer una aceptación casi automática de esas diferencias en su propia cosmovisión. Aunque es cierto que esto no se encuentra del todo garantizado, muchos estudios han mostrado que sí ayuda.

Sin embargo, cuando el niño tiene poca o nula exposición a personas que no se parecen a él, los expertos aconsejan traer el mundo a casa: estudiar, por ejemplo, otras culturas a la vez que consumimos sus alimentos y recetas típicas, o viendo sus películas.

En caso de que algunos de los padres sea bilingüe, también ayuda muchísimo alentar al pequeño a estudiar otro idioma. Por ejemplo, un estudio realizado por la Universidad de Chigago en el año 2014 reveló que aquellos niños que escuchaban varios idiomas en su día a día aceptaban más a las personas cuyo idioma era diferente del suyo. Esto, sin duda alguna, se convierte en un maravilloso trampolín hacia un espíritu más amplio de aceptación del otro.

No es necesario, a esta edad, ofrecer a los pequeños una clase preventiva sobre los males de la intolerancia. Pero si surge algún tipo de necesidad de una conversación, es adecuado mantenerla y hacerla. La clave, básicamente, está en mantener el alcance y el lenguaje manejables para fomentar el antirracismo en los niños.

De 6 a 8 años de edad: la importancia de discutir acerca de la intolerancia y el odio

Cuando los niños/as han llegado a esta edad, discutir acerca del odio y la intolerancia de forma explícita se vuelve mucho más fácil, pero no es necesario pensar que se debe mantener en todo momento una charla formal. Los niños pequeños, por ejemplo, suelen estar en sintonía con aquello que es justo y lo que no, y esa se convierte, en definitiva, en una base sólida para comenzar a discutir acerca de la injusticia social y racial.

Básicamente deberíamos dejar que nuestro hijo se convierta en su propio guía. A esta edad, ya pueden expresar sus propias emociones, por lo que la responsabilidad de dirigir la conversación no tiene por qué ser -y en realidad no debería serlo- del adulto (o nuestra).

Por ejemplo, podríamos preguntarte cómo entiende aquello que está escuchando, qué ha visto en la televisión o qué ha podido escuchar en el patio del recreo. Sea como fuere, es perfectamente posible mantener una conversación donde la tranquilidad, la honestidad y el detalle sean claves.

También es importante no exagerar, siendo simple, breve y honesto cuando lo podamos ser. Es igualmente imprescindible tener en cuenta que los niños tienen por lo general una visión peculiar -y literal- del mundo, y en algunas ocasiones pueden preguntar algo que nos parezca extraño, pero para ellos es crucial para su comprensión. Y aunque sean preguntas curiosas, no se pueden trivializar.

De 9 a 11 años de edad: el acceso a información no deseada

A esta edad es posible que los niños/as tengan acceso a diferentes dispositivos electrónicos que, a su vez, les brinda una exposición sin precedentes a información que, en estos momentos, todavía no son capaces de entender. Antaño, la solución la encontrábamos apagando el televisor, y no permitiendo que los niños tuvieran acceso a esas imágenes perturbadoras. Sin embargo, hoy en día, lo más común es que en esta etapa ya dispongan de alguna tableta digital, acceso a Internet en casa, o incluso un teléfono móvil

Por este motivo, ahora es imprescindible ayudarlos a entender lo que ven o escuchan. Para lo cual es imprescindible mantener un idioma neutral, dado que en esta etapa es también normal que puedan comenzar a captar opiniones sesgadas entre lo que conoce y ama.

Preadolescentes y adolescentes

A medida que los niños/as van creciendo, y están casi a punto de salir de la infancia, tienden a consolidar su sentido de identidad, lo que significa que están empezando a sentar las bases para convertirse en quienes serán. Y, en muchas ocasiones, esta edad puede ser un punto de inflexión.

Como padres y madres, si por ejemplo somos testigos de que nuestro hijo/a se involucra en un discurso de odio o en un pensamiento sesgado, lo fundamental es hablarlo con él. Debemos tener en cuenta que tanto los preadolescentes como los adolescentes se encuentran desarrollando sus propios valores, y a menudo no pueden ver las cosas en toda su complejidad. Los estereotipos, por ejemplo, se convierten en simplificaciones excesivas, y es esencial ayudarlo/a a ver aquellos matices que por ahora no aprecia.

En cualquier caso, nada de esto es fácil, evidentemente. Es posible tropezar y equivocarse, ya que después de todo, estos problemas no solo son preocupantes, sino también complejos. No obstante, como ocurre con prácticamente todas las cosas, el instinto se convierte en nuestra mejor herramienta.

Christian Pérez

Christian Pérez

CEO y Editor de Natursan.

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