Educación del niño

Castigo no es lo que le quitas, es el cariño que no le das

Solemos pensar en el castigo como una forma útil de educar a nuestros hijos cuando se portan "mal". Pero, en realidad, no son positivos en la mayoría de las ocasiones.

A lo largo de los años me ha tocado hablar mucho del castigo porque es una estrategia que se usa habitualmente, aunque muchas personas ya no crean en ella o estén convencidas de que no sirve de mucho. Pensando en ello, hasta ahora no he conocido a ningún padre o madre que utilice el castigo totalmente convencido sino más bien como su último recurso, “como no sé qué otra cosa hacer antes de no hacer nada… mejor castigar que sentir que soy cómplice de su mala educación”.

Con lo cual podemos llegar a la conclusión de que muchas veces castigamos desde el miedo al futuro “se puede convertir en una adolescente rebelde” o desde la falta de confianza en el presente “me falta conocimiento para hacerlo de otra manera diferente a como fui educada”.

El riesgo de castigar a los niños
Foto: Istock

Pero también me he encontrado con padres que creen que no castigan simplemente porque no les aplican ninguna consecuencia negativa como forma de reconducir una conducta, quizás apuestan mucho por el diálogo y esperan a que surja un milagro, pero hay que decir que es posible que también recurran al castigo aunque no sean conscientes de ello porque castigar “no es lo que le quitas, es lo que no le das”, dicho de otro modo, no es quitarle sólo lo que más le gusta sino no darle el cariño que en ese momento no sientes porque el enfado te lo impide, por eso, el castigo surge en el mismo momento que lo que sientes te impide comunicar con afecto.

Te voy a poner unos ejemplos que seguro que te resultan familiares o bien porque te los dijeron a ti o porque los usas sin ser consciente de que también se pueden considerar castigos. Con toda esta reflexión estamos intentando ponernos en el lugar del niño, ¿qué vive él o ella como castigo?

  • El reproche: “Vale, vale, veo que no me quieres hacer caso, pues cuando tú me llames no esperes que yo vaya…”.
  • La manipulación: “Bueno, pues haz lo que quieras, total, no te importa lo que yo te digo…”.
  • La indiferencia: “Veo que a ti te da igual tu salud, pues a mí también me va a dar igual, puedes ver la tele hasta que te duelan los ojos…”.
  • La ridiculización: “Ponte lo que quieras, por mí como si se ríen de ti por la calle al ver la ropa que llevas…”.
  • La comparación: “Otra cosa es tu hermano, ese sí que me hace caso a la primera, no como tú que te tengo que repetir lo mismo cincuenta mil veces y ni aún así haces caso…”.

Si te das cuenta, estas frases tienen en común la emoción desde la que se expresan, la frustración del adulto por no haber conseguido a las buenas la respuesta deseada y tener que acudir a expresiones llenas de reproche, indiferencia o manipulación, porque a las malas parece que todo es más efectivo, sin embargo, se logra la atención a costa de perder la comunicación.

Habrás oído muchas veces la frase de autor desconocido pero que muchos sentimos como nuestra, “quiéreme cuando menos lo merezca, que será cuando más lo necesite”. Si la analizamos llegamos a la conclusión de que “cuando menos merezco” se refiere a cuando en principio por el comportamiento inadecuado, para el adulto es más difícil expresar cariño precisamente porque si te desobedecen o incumplen una norma lo que se siente es enfado y esta emoción te roba la sonrisa por un tiempo.

Por qué no es bueno castigar a los niños
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Pero lo cierto es que los niños que se sienten mal se portan peor porque no encuentran lo que necesitan para calmarse, como por ejemplo la mirada amorosa del adulto, su presencia o palabras reconfortantes. ¿Qué hacer en estos momentos? Háblale de ti y separa la conducta del cariño, un ejemplo de ello sería “hija, ahora estoy muy enfadada con lo sucedido, necesito tranquilizarme para decirte lo que pienso y pedirte con tranquilidad lo que quiero que hagas…”

A veces confundimos un castigo con un límite bien entendido y la diferencia principal suele ser desde qué emoción la aplicamos, cómo la comunicamos y si realmente tiene lógica lo que estamos haciendo, la decisión tomada ¿servirá para que el niño aprenda algo o para que yo me desahogue por lo mal que me lo ha hecho pasar?

El ejemplo más claro que suelo poner para explicarlo es el siguiente: Si a las nueve de la noche consideras que las pantallas deben estar apagadas para ir entrando en el descanso nocturno, puedes aplicar un castigo si no cumple con la indicación de apagar la tele, le quitas la televisión enfadado bajo amenaza de no verla al día siguiente mostrando claramente tu enfado por su mala actitud, o aplicas un límite, apagas la tele para cumplir con lo que para ti es importante, ir quitando los estímulos que impiden entrar en la rutina de la noche porque en realidad no importa quién la apaga sino que la tele esté apagada.

Para ir terminando quiero destacar la idea de que, aunque es difícil expresar cariño cuando se siente enfado, si aprendes a gestionar tu enfado y a decidir qué batallas realmente quieres pelear y cuáles no, será más fácil comunicarte con cariño porque el enfado no te incapacitará para hacerlo. A expresar mejor también se aprende.

Leticia Garcés

Leticia Garcés

Pedagoga. En 2010 fundó Padres Formados, desde donde imparte cursos de  formación a familias y profesionales en temas relacionados con la Educación Emocional y la Parentalidad Positiva tanto presencial como online, a nivel nacional e internacional (Colombia y México).

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