Huertos escolar

La escuela, un laboratorio maravilloso

Descubre todos los beneficios de tener en un huerto del cole, es una clase sin libros en la que aprenden los ciclos de la vida.

También te puede interesar: Cómo hacer un minihuerto con los niños

En el huerto, los niños buscan tesoros. Ante una coliflor el profesor les dice, «mirad, este está encima de la tierra»; ante una zanahoria, «mirad, este otro está debajo». Se potencia su capacidad de observación, que a edades tempranas es inmensa, y logra que se hagan preguntas: ¿por qué?, ¿cómo?, ¿para qué? Con la vida que llevamos hoy en día, no hay muchas ocasiones para detenerse a contarles la magia que hay en las cosas sencillas que les rodean. El huerto acerca la naturaleza a los niños sin tener que salir, y cada vez hay más colegios que apuestan por él como herramienta de aprendizaje.  

Los niños de hasta cuatro o cinco años tienen que ir acompañados. Con lo que más disfrutan es plantando y, sobre todo, regando. «Es sorprendente cómo despierta su interés por lo que está vivo. Ponen la semilla con sumo cuidado, la tapan, y después tienen que vigilarla, regarla (¡estarían todo el día echándoles agua!), quitar las malas hierbas que compiten con ella y verla crecer», explica Montse Escutia, autora de El huerto escolar ecológico (ed. Grao). Además les encantan los insectos, «ver las orugas de la col y ponerlas en una caja con una hoja. Otra cosa es que a los padres también les guste». Cuando de tanto verla pierden la fascinación por saber cómo crece una lechuga, o lo que sea, pasan a ser responsables de diseñar el huerto, decidir qué se pone y en qué surco, y entonces encuentran en ello una nueva motivación.

Las actividades que se hacen con el huerto están adaptadas a cada una de las edades. ¡La curiosidad y la fascinación están asegurados!

Plantando

El colegio La Farigola del Clot, en Barcelona, fue uno de los pioneros en montar un huerto en su patio. «Aprovechamos el tiempo del mediodía. Los pequeños han sembrado judías verdes y lechugas. Otro grupo recoge todos los días del comedor los restos orgánicos de la comida (solo fruta y verdura) para hacer el compost que después abonará la tierra», explica Montse Pagés, coordinadora de la comisión Escola Verde del centro. Con las lechugas, escarolas y apios que han recogido preparan entre todos una ensalada para comer. Son sabores que con tres y cuatro años les cuesta mucho probar y aquí lo hacen, aunque solo sea un poquito, porque son cosas que han cuidado y preparado ellos mismos. Así se cumple uno de los objetivos del huerto: que aprecien lo verde. Además, «el hecho de ver la procedencia de los alimentos que les ponen en el plato siempre es muy enriquecedor. Muchos se piensan que los fabrican en el súper», añade.

 

Les cuesta esperar, pero les invade la felicidad cuando empiezan a ver asomar el fruto pasados varios meses. A veces, ocurre que no crece, lo cual convierte la actividad en un verdadero ejercicio de paciencia y de lucha contra la frustración. Aprenden a preguntarse por qué, qué ha pasado o si es que han hecho algo mal. «Es interesante que vean que cuando trabajas con un ser vivo no hay un manual. Dependerá de si hace frío, calor, hay poca agua o demasiada; esto les enseña a ser muy flexibles, porque tienen que ir adaptándose a las circunstancias. No hay nada cerrado ni exacto y eso les hace tener la mente abierta», explica la autora de El huerto escolar ecológico.

 

'¿Dónde están los tomates?', pregunta Igor, de cuatro años, al día siguiente de haber puesto el plantón. Y lo vuelve a preguntar cada semana.

Mirando plantita

 

Como dice Montse Escutia, si todos los maestros utilizan el huerto como herramienta para transmitir los conocimientos, conseguirán que los niños se impliquen y terminen sintiéndolo suyo. Así lo hacen en La Farigola del Clot, donde tienen un almendro «con el que estudiamos in situ el cambio estacional: los niños recogen los almendrucos cuando están listos, vemos la caída de la hoja en otoño y la floración en primavera. En plástica, este año hemos construido un espantapájaros. Y los miércoles por la tarde mezclamos niveles y hacemos fotos. Las nuevas tecnologías nos sirven para ver después cómo está evolucionando todo. Por supuesto, estudiamos las herramientas que se utilizan en el campo y el vocabulario sobre las partes de la planta y su desarrollo», explica la coordinadora del proyecto.

 

No tengo sitio donde ponerlo», dicen muchos directores. «El espacio no es excusa porque se  puede hacer incluso en macetas. Hoy en día hay mucha información para cultivar en cualquier espacio», dice la experta en huerto escolar. «Y es posible hacerlo con material reciclado sin tener que comprar muchas cosas. Lo fundamental es que la escuela se lo crea como proyecto, que tenga el compromiso del profesorado primero y busque colaboraciones después», añade. En La Farigola del Clot, los padres quitan las malas hierbas y algunos abuelos jubilados, incluso, hacen la poda. «Y, sobre todo, lo más importante es que los niños lo vivan, no que se limiten a verlo crecer y ya está», añade Montse Pagés. 

 

Etiquetas: colegio, ecología, escuela infantil, huerto escolar

Continúa leyendo...

CONTENIDOS SIMILARES

COMENTARIOS