7-10 años: Psicología

Manías y tics en niños, ¿son evitables?

Se tocan la nariz, se retuercen el pelo, se muerden las uñas... ¿Podemos evitarlo?

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"¡Basta ya de tocarte las narices!". Ana no sabe qué hacer con la manía que tiene su hijo Jon, de siete años, de estar siempre con los dedos metidos en la nariz. "A este paso vas a encontrar petróleo", le dice su padre, en un intento de disuadir a Jon de una forma más sutil. La verdad es que en varias ocasiones Jon ha tenido sangrados de nariz considerables. Los esfuerzos de sus padres por que deje ese hábito no parecen estar dando fruto.

Algo similar ocurre en casa de Gabriela, de nueve años. Sus padres no dejan de preguntarse por qué se muerde las uñas a todas horas. Cuanto más le piden que no lo haga, más se enfada ella, responde con un "Dejadme en paz" o se va a su cuarto y sigue haciéndolo. Su madre compró un producto en la farmacia para dar mal sabor a sus uñas, pero Gabriela se las muerde igual.

¿Por qué lo hacen?

Morderse las uñas, hurgarse en la nariz, chupar mechones de pelo o mordisquear los lápices son algunas de las manías más frecuentes en edad escolar. Casi siempre lo hacen de forma semiinconsciente, es decir, ni siquiera se dan cuenta de que lo están haciendo hasta que alguien se lo indica.

En general, los movimientos repetitivos producen un efecto relajante y tranquilizador, y más si uno se toca la boca. Algunos estudios han demostrado incluso cómo chuparse el dedo o tocarse la boca de forma continuada puede hacer que el cerebro fabrique más serotonina (una sustancia que ayuda a sentirse bien). Esto explica por qué estos hábitos suelen empeorar cuando el niño está nervioso o inquieto.

Pero no son siempre síntoma de nerviosismo, a veces son fruto del aburrimiento. En la mayoría de los casos, desaparecen de forma natural al llegar a la adolescencia.

Enfadarse o castigar al niño suele ser muy poco efectivo. Cuanto más pesados nos pongamos, más nervioso estará y su manía puede agravarse.

Y nuestro afán por que deje de morderse las uñas o de hurgar en la nariz puede generar en nosotros otra manía: podemos llegar a decir más veces al día "¡Deja ya eso!" que otras frases más necesarias como "¡Qué bien pintas!" o "Juguemos a algo". El problema, pues, no es sólo que se muerda las uñas o se saque los mocos, sino que la irritación que eso nos causa afecte a la relación con nuestro hijo.

Claro que, en ocasiones, estas feas costumbres pueden dar lugar a problemas de salud, como hemorragias nasales o infecciones en los dedos. Por eso, para ayudarles a abandonarlas, es aconsejable poner en marcha alguna estrategia y, sobre todo, tomárselo con mucha calma. El enfado y los reproches son contraproducentes.

Cómo podemos ayudarles

1. Favorecer que tomen conciencia del problema. Probablemente no haya nada mejor que los amigos o compañeros de clase diciendo: "Qué asco, se está tocando la nariz..." o "Vaya uñas más feas".

2. Hablar con ellos. ¿Sus compañeros hacen lo mismo? ¿Les gusta que la gente los vea así? ¿Preferirían tener las uñas más largas y bonitas? ¿Han notado en qué momentos lo hacen más? Si la respuesta es afirmativa, podemos pasar al siguiente punto.

3. Diseñar juntos un plan para erradicar el hábito. Hay que ser imaginativos.

  • Por ejemplo, ir anotando el número de veces que se tocan la nariz mientras ven la tele y premiarles si cada día va disminuyendo la frecuencia.
  • Si el problema son las uñas, podemos ofrecer una pequeña recompensa económica por cada uña que crezca lo suficiente para necesitar un corte.
  • Si mordisquean los bolis, puede servir un objeto antiestrés para presionar cuando estén nerviosos.
  • Si su manía es tocar o chupar mechones de pelo, una visita a la peluquería o unas horquillas nuevas tal vez mejoren el problema.

¿Y si es realmente un problema?

Algunos chavales se lavan las manos cada vez que rozan a alguien, comprueban sin cesar lo que llevan en la mochila u ordenan los lápices de un modo determinado antes de hacer los deberes.

Estas manías (o compulsiones) sí son preocupantes. El niño sufre mucho porque tras ellas se esconden miedos desproporcionados. Casi siempre se da cuenta de que su conducta no es normal y le da vergüenza que los demás lo sepan.

Él no tiene la culpa; enfadarse o impacientarse sólo empeora las cosas. Lo que se debe hacer es buscar ayuda médica cuanto antes.

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