Educar a los niños

¡No quiere irse a dormir!

Es hora de acostarse, pero tu hijo protesta y dice que ya no es pequeño. ¿Qué hacer?

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A los padres nos corresponde, como parte de su educación y por el propio bienestar del niño, concretar a qué hora debe acostarse. Y es que a esta edad son capaces de urdir increíbles razonamientos y emplear argumentos aplastantes con tal de evitar este momento. Sin embargo, aún no tienen muy desarrollado el sentido del autocontrol y se niegan a reconocer que están agotados, aunque se les estén cerrando los ojos.

Rebelión a los pies de la cama

Es cierto que ya no son bebés, pero aún necesitan dormir unas 10 horas (de 10 de la noche a 8 de la mañana) para recuperar las energías perdidas. Un asunto que siempre suscita polémica pues, si bien lo aceptaban de buena gana –exceptuando algún pequeño altibajo– mientras eran más pequeños, ahora se convierte en caballo de batalla de su incipiente declaración de independencia: "Yo ya soy mayor, y no me podéis tratar como si todavía fuera un bebé. A ver, ¿por qué no puedo?".

Intentamos inculcarles un hábito, pero no es tarea de un día; se precisan firmeza y constancia a la hora de aplicar nuestra autoridad. Y lo cierto es que no les falta razón: una norma puede resultar adecuada cuando tienen siete años y quedar obsoleta al llegar a los nueve.

Aunque es imprescindible cierta disciplina para que la dinámica familiar funcione, las excepciones están hechas para confirmar las reglas; si una noche se queda hasta las 12 viendo un partido de la NBA en la tele, no pasa nada (siempre que no haya cole al día siguiente).

Lo que sucede es que muchos padres temen que, si ceden una vez, estarán supeditados para siempre a sus caprichos. Pero no tiene por qué ser así. Muy al contrario; si se les explica que se trata de algo excepcional, lo tomarán como un significativo gesto de confianza y complicidad.

Cuando Morfeo llega tarde a la cita

Hay que ser lo suficientemente tolerantes y tener en cuenta que algunos críos son más dormilones que otros, y que existen periodos de más o menos sueño. A veces, están ocasionados por motivos físicos (después de varios días lluviosos sin salir a jugar, es lógico que se encuentren menos cansado); otras por razones psicológicas (que un familiar se quede unos días a dormir en casa es una novedad extraordinaria para ellos). Y, al igual que nos ocurre a los adultos, hay determinadas épocas del año en las que, por un mayor número de horas solares o por el aumento de las temperaturas, se produce una variación en las horas de sueño.

Dentro de unos márgenes, debemos mostrarnos flexibles con esas rachas de mayor o menor necesidad de sueño. En general, cualquier alteración en su rutina diaria, por pequeña que sea, les sacará de sus esquemas cotidianos. No se puede tratar la cuestión de irse a la cama independientemente del resto de las actividades del niño.

Si queremos que acepte la situación sin protestar, se puede establecer un ritual previo: preparar el material escolar del día siguiente, la ropa y el calzado que va a utilizar, ponerse el pijama, lavarse los dientes, etc.

Además, conviene ayudarle a calmarse progresivamente y no pretender que cinco minutos después de desarrollar una actividad excitante desee irse a la cama con buena cara y de mejor talante.

¡Qué rollo!, no tengo ni pizca de sueño...

¿Y si dice que todavía no tiene sueño? Nada de jugar un poco para cansarse e invocar al ausente. Es más práctico emplear pequeños trucos: pedirle que cierre los ojos y rememore alguna escena relajante ("¿Te acuerdas de cómo resonaba el agua en la tienda de campaña el pasado verano?"), contarle alguna historia... Pero no nos dejemos embaucar por sus tretas ("Quiero hacer pis otra vez"; "¿Me traes un vaso de agua?"...); son viejas artimañas para escaquearse.

No obstante, es lógico que el niño, cuando madre y padre trabajan todo el día, quiera, y necesite, emplear más de cinco minutos para contarles, cuando llegan por la noche, lo que le ha sucedido en el cole.

La necesaria flexibilidad de las normas puede venir muy bien para introducirle en otro hábito: el de la lectura. Si se le permite quedarse despierto un rato, que sea para leer un libro, no para ver una película de acción. Y dejándole muy claro la hora en que debe apagar la luz para evitar el consabido "Una página más, por favor".

Si su empeño en retrasar a toda costa la hora de acostarse tiene su origen en el miedo a la oscuridad, charlemos con él y veamos qué podemos hacer para que se sienta mejor (dejar encendida la luz del pasillo o un piloto en su habitación). Hay niños que se muestran más inseguros, pero suele tratarse de temporadas; una actitud comprensiva por parte de los padres será el mejor de los remedios.

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