Aburrimiento en niños

¿Por qué es importante que los niños se aburran?

Los niños se aburren con frecuencia y los padres tendemos a agobiarnos cuando esto sucede, pero debemos saber que es importante que los niños se aburran de vez en cuando. ¿Por qué? Te lo contamos

niños aburridos
Foto Istock

En tiempos de la hiperestimulación, de la cultura de la productividad, de las prisas y el estrés, hasta nuestro ocio tiene que ser productivo: debemos practicar deporte, viajar, salir a restaurantes y, por supuesto, realizar visitas culturales a museos, al teatro… Sin olvidarnos de las series, leer y formarnos para crecer laboralmente.

Y, al vivir en un mundo en que la conciliación sigue siendo un sueño, es inevitable que contagiemos este estilo de vida a los niños. Todas sus actividades −que, por cierto, no son pocas− tienen que servir para algo, ser educativas o contener algún beneficio extra.

¿Nos hemos parado a preguntarnos por qué? ¿Nos hemos parado a preguntarnos si tan siquiera esto es positivo, o cómo afecta este ritmo al desarrollo de nuestros hijos?

¿Qué es el aburrimiento?

El aburrimiento es una sensación muy difamada. Incluso parece estar mal visto a nivel social. No nos gusta admitir que nos hemos aburrido y menos aún que se aburren nuestros hijos. Sin duda, una de las frases más temidas por padres y madres es “¡Me aburro!”.

Sin embargo, y al igual que todas las emociones, el aburrimiento no es, en sí, ni negativo ni positivo. Hay personas que se sienten cómodas en la inactividad y personas que se ponen nerviosas

Beneficios del aburrimiento

Cuando hablamos de aburrimiento y de sus beneficios para los niños, no nos referimos a que haya que obligarles a que se aburran porque sí, sino más bien a permitir momentos sin nada que hacer en el día a día, periodos sin una actividad establecida. El aburrimiento que defendemos no es más que un instante de libertad y desconexión sin pantallas, ruidos ni obligaciones. No se trata de promover el aburrimiento, sino la posibilidad de aburrirse.

Es necesario que los niños puedan disponer de un tiempo para sí, para descansar, jugar a lo que ellos quieran o, simplemente, soñar despiertos. En definitiva, para que vayan aprendiendo a conectar consigo mismos y a estar solos. Si, por el contrario, tienen todo su tiempo totalmente organizado y estructurado, la oportunidad de practicar estas habilidades se pierde.

No hacer nada, en contra de lo que se dice, no es una pérdida de tiempo. Es un descanso necesario para el cerebro, un respiro en nuestras jornadas maratonianas que nos ayuda a “resetear” la mente.

Imagina que tienes que permanecer en una sala de espera unos diez o quince minutos. Lo más probable es que saques el móvil o un libro. Años atrás, en épocas pre smartphone, la primera opción no era posible, pero había otra alternativa: perderte en tus pensamientos, dejar vagar a la mente. Quizá ultimabas los detalles de un plan cercano, o evocabas algún recuerdo agradable. Este ensimismamiento es algo que estamos perdiendo sin darnos cuenta, y es una actividad importante a nivel cognitivo. Existen procesos neurológicos que el cerebro solo pone en marcha cuando no está haciendo ninguna otra cosa.

Estos momentos vacíos contribuyen al desarrollo de la autonomía personal, la autorregulación, la gestión del tiempo, el pensamiento propio, la imaginación... Si un niño se aburre y nadie le dice qué hacer, él mismo acabará dando con una forma de entretenerse. Por eso necesitan oportunidades para hacer cosas por sí mismos, sin la dirección de un adulto, decidir a qué dedican ese rato, inventarse planes. En otras palabras, podrán actuar en su pequeña parcelita de poder.

Quizá cueste al principio, pero tras ese instante de “estoy aburrido”, “no sé qué hacer”, el niño se da cuenta de que tiene que mirar en su interior para buscar algo que le saque de esa apatía. La solución la tiene él. Entonces, comenzará a observar su alrededor con una mirada nueva: abierta, creadora, interrogativa. Poco a poco, brotarán las ideas, la curiosidad, los recuerdos, los planes, las preguntas, la reflexión…

El aburrimiento se asocia con fines comunicativos, de autoconocimiento y reflexión. Estimula la fantasía, lo que conduce a la creatividad y favorece la resolución de problemas, a la búsqueda de alternativas. Fomenta la paciencia y la perseverancia, ayuda a descubrir posibilidades y afianza el aprendizaje.

Insistimos en que no se trata de forzar el aburrimiento sino de recuperar momentos de pausa física y mental; crear espacios en blanco. Devolvamos a los niños un poco de su ritmo, que es lento por naturaleza. Nos merecemos la posibilidad de detenernos a ver un caracol que nuestro hijo ha encontrado, o tumbarnos en el césped a mirar nubes.

Artículo ofrecido por Mariola Lorente Arroyo, Universidad de Padres-Fundación Edelvives

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