7-10 años: Psicología

¿Por qué mi hijo no llora nunca?

Los niños tienen sus razones para no llorar. Pero no soltar una lágrima no es sano y los padres deben mostrárselo.

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A los niños pequeños se les concede todo el derecho a llorar, pero parecen perderlo cuando cumplen siete u ocho años y se les considera ya una mujercita o un hombrecito. Y estos últimos lo tienen incluso peor, porque, si lloran, corren el peligro de que les llamen "nena", dados los prejuicios que no hemos desterrado todavía.

Y, sin embargo, ellas y ellos están en su derecho. Se encuentran en una edad no exenta de crisis y dificultades: el asunto del colegio se pone serio, con sus obstáculos y exigencias, y las relaciones entre iguales han entrado en su punto álgido.

Papá y mamá ya no están ahí para librarles de todos los apuros, y las rivalidades entre compañeros, el no salirse siempre con la suya, el saber perder, son duros aprendizajes que, junto con sus alegrías, a veces cuestan lágrimas.

¿Cuántas veces nos hemos aguantado nosotros las ganas de llorar o incluso hemos lamentado el no saber hacerlo ya? Pues permitámoselo a ellos.

Tragarse las penas 
no les beneficia

Pensemos que, al crecer, cuando se seca el frasco de las lágrimas, a menudo se secan y endurecen también muchas otras cosas. No hay que tirar por la borda la capacidad de expresar emociones. Las penas que uno se traga, sobre todo en edad infantil, se quedan dentro y hacen más daño, a veces duradero. Además, si nuestros hijos no llorasen nunca, ¿cómo sabríamos cuando necesitan con mayor urgencia de nuestro consuelo y nuestras caricias?

No se trata de hacer niños demasiado mimosos. Siempre que sea necesario debemos ayudarles a entender las exigencias de la realidad y a buscar una solución constructiva para sus problemas, y también para sus fracasos.

¿Qué hacer si nunca llora?

Está claro que este comportamiento no es saludable en absoluto. Por eso:

  • Debemos reflexionar si estamos ante un chaval que se controla en exceso, un niño demasiado rígido. Recordemos que la rigidez implica tensión y una gran fragilidad.

  • Su exceso de control quizás se deba a que ha aprendido que sus expresiones emocionales no encuentran eco en nosotros o incluso son motivo de que le avergoncemos por ellas.   

  • ¿Cómo podemos ayudarle? Para empezar, revisemos nuestra actitud con él, mejoremos la comunicación y demos más cabida a la comprensión y a la ternura.

  • Se trata de hacerle sentir que sus emociones, su estado de ánimo, sus días malos o menos buenos nos interesan, y que aprobamos que exprese cómo se siente. Mal podemos consolar a un niño cuando se guarda para él solo sus penas: mostrémonos receptivos.

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