Psicología infantil

Se despierta y no logra conciliar el sueño, ¿qué le preocupa?

¿Problemas en el cole? ¿Algún mal rollo con los amigos? Si el sueño se le resiste, hay que investigar el orgen: puede tener un problema.

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Helena está desconcertada. En el último mes, su hijo Jaime se ha despertado cuatro veces con pesadillas. Además ha observado que a veces le cuesta dormirse, y él mismo le ha contado que otras tres o cuatro noches se ha despertado, aunque sin pesadillas, y le ha costado volver a conciliar el sueño.

¿Problemas con el sueño a esta edad? ¿No habíamos quedado en que estas cosas ocurren en la primera infancia y que se solucionan con canciones, cuentos y ositos de peluche? ¿Es que hay que cantarle otra vez nanas a nuestro hijo, que ya ha estado en campamentos, capitanea el equipo de fútbol del colegio y va por su segunda novia?

Vayamos por partes. También nosotros, los adultos, nos desvelamos a veces y hasta tenemos pesadillas. Un niño de ocho o nueve años sigue siendo un niño, y toda la infancia está sujeta a crisis de crecimiento que generan angustia.

Afecta a una cuarta parte de los niños

Esas pequeñas crisis de desarrollo reaparecen de cuando en cuando, y en unos chavales se manifiestan más que en otros y de modos diferentes. Las alteraciones del sueño están entre sus síntomas.

En efecto, las perturbaciones de sueño alcanzan en uno u otro momento a una cuarta parte de los niños en edad escolar, según algunos especialistas, y pueden ser de diverso tipo, desde problemas para caer dormidos a la hora de acostarse hasta despertarse en mitad de la noche con dificultad o imposibilidad para conciliar nuevamente el sueño.

De todos modos, el hecho de que un niño no sea de los que cae en la cama como un fardo, sino que tarda media hora o más en dormirse, no le incluye automáticamente entre los que tienen alteraciones del sueño. Lo importante es que éste sea lo bastante reparador como para que al día siguiente no ande hecho un zombi: medio dormido y con los consiguientes problemas de atención y concentración. Esto último sí que sería un indicador de que su sueño padece una perturbación digna de tenerse en cuenta.

Antes hemos hablado de las crisis evolutivas de la infancia. Los adultos sabemos bien que las preocupaciones pueden alterar el sueño, y ésta es una edad en la que los niños se ven a veces desbordados por ellas.

¿Dónde puede estar el problema?

  • Problemas escolares de diverso tipo
  • Tensiones con los compañeros
  • Sentimientos de inferioridad o de insuficiencia frente a las exigencias familiares o escolares
  • Competencia con otros niños
  • Causas de angustia presentes a cualquier edad: celos entre hermanos, problemas familiares, enfermedad o muerte de un pariente.
  • Por la tendencia a generalizar los hechos trágicos de la vida: accidentes, atentados, guerras... La televisión propicia esos miedos, que pueden favorecerse si los propios padres son ansiosos y transmiten al hijo una visión temerosa y agobiante del mundo. Pero incluso una película de miedo puede alterarles también a esta edad.

El tipo de niños que tienden a tener trastornos del sueño suelen ser temerosos, afectivos, imaginativos y sugestionables. Se alteran con facilidad y suelen estar sometidos a presiones ambientales, sociales o educativas que les desbordan. Muchos han tenido ya problemas de sueño en la primera infancia, y no es raro que la madre, el padre o ambos tengan una personalidad propensa a los temores.

Afinemos la antena porque, si descubrimos lo que angustia a nuestro hijo, habremos andado medio camino para ponerle remedio. Si logramos que se comunique abiertamente con nosotros y ejercitamos nuestra intuición, es muy posible que demos con la clave del problema. Pero sin agobiarle; a veces, simplemente nuestra atención y buena voluntad pueden ser suficientes.

¿Qué pueden hacer los padres?

Los trastornos del sueño son, en gran parte de los casos, pasajeros y remediables.

  • Cuando su causa es algún tipo de angustia o preocupación, puede ser bueno permitir al niño (que, al fin y al cabo, todavía es un niño) una pequeña regresión. Queremos decir que las mismas recetas que servían para incitar al sueño a un crío de dos años pueden también tener su aplicación ahora. Ya no vamos a contarle el cuento de Caperucita, desde luego, pero sí que podemos leer con él algún capítulo de un libro o un poema..., se trata de acompañarle unos minutos antes de dormir.

  • Recordémoslo: nuestra presencia, nuestra atención y nuestro afecto todavía tienen un gran poder para calmarle.

  • Un rato tranquilo de conversación junto a su cama puede ser la ocasión de recuperar la comunicación descuidada por la falta de tiempo que todos padecemos. Bien vale que nos perdamos el concurso de la tele.

  • También puede ser un buen momento para tratar de sintonizar con nuestro hijo e intentar averiguar qué le angustia. 

  • Quizás tenga problemas con los compañeros, el profesor, las tareas escolares..., y requiera que, simplemente, le reconfortemos o que intervengamos directamente si procede, ayudando a solucionar las causas de su zozobra para recuperar así la tranquilidad y el equilibrio perdidos.

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