Educación del niño

Tres formas para conseguir que te obedezcan nada recomendables

¿Qué pueden hacer los padres para que sus hijos les obedezcan y les hagan caso? Descubre algunos consejos útiles de la mano de Leticia Garcés.

Partiendo de la base de que educar no es doblegar la voluntad de una persona en desarrollo, como es el niño, y que aunque haya formas sencillas de moldear su carácter para que se comporten conforme a la idea que tenemos de lo que está bien o mal, conviene reflexionar sobre nuestras prácticas educativas porque muchas veces actuamos desde una convicción no revisada, porque “así lo hicieron conmigo”, “así veo que lo hacen otros y les funciona”, “así me dicen otros padres más expertos que lo han hecho”, “no me he planteado que se pueda hacer de otra manera”, etc.

Qué no debes hacer para que tus hijos te obedezcan
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Se trata de que lo que hagamos parta de una reflexión personal sobre un conocimiento actualizado, “lo hago así porque entiendo que esto es bueno para su desarrollo y porque la ciencia respalda mis acciones, aunque me cueste más tiempo ver los resultados que deseo”.

En definitiva, se trata de lograr niños y niñas responsables de sus acciones, que sepan vivir en sociedad teniendo en cuenta a los demás, con capacidad de regularse emocionalmente, más que educarlos para que obedezcan pues generalmente se obedece cuando te sientes en peligro como una forma de ponerte a salvo. En una única frase lo explico mejor, “nuestros hijos no nos pueden tener miedo y menos temer perder nuestro cariño cuando no hacen lo que les pedimos”.

Por lo tanto, primero nos tenemos que preguntar, ¿por qué relacionamos la obediencia con un buen comportamiento? es verdad que como sociedad reforzamos este tipo de conductas, “los niños tranquilos gustan más porque nos complican menos la vida”, a los niños que obedecen de forma natural porque el temperamento que tienen les ayuda a adaptarse mejor a los cambios, se les sonríe más, escuchan comentarios más positivos sobre ellos, se les habla con un tono más agradable (“qué niño más bueno”, “qué suerte habéis tenido con esta cría”, “qué gusto que sea tan fácil de llevar…”) pero lo cierto es que no les cuesta esfuerzo nada de lo que hacen, simplemente son así, por eso todo reconocimiento está de más.

El Dr. Mario Alonso Puig lo explica de una forma muy ilustrativa, los llama “niños oasis y niños maestro”, los primeros son los que todos deseamos tener porque resultan muy fácil de educar, van solos, simplemente todo fluye con ellos, da igual lo que hagas, ruedan solos.

Sin embargo, los segundos son los que te enseñan lo que no sabes y te obligan a revisar el tipo de parentalidad que estás llevando a cabo, es posible que en el día a día te atasques varias veces con ellos. Lo que cada uno haga con los suyos dependerá de si vemos problemas a resolver u oportunidades para aprovechar. Hay familias que crecen con los problemas de convivencia porque los convierten en oportunidades para conocerse mejor, comprenderse y apoyarse y otros sufren mucho porque los ven como una desgracia de la que no saben sacar nada bueno. Pero y si ¿no es el niño el que tiene que cambiar sino nuestra forma de mirarlo? Ellos simplemente se están desarrollando y nosotros tenemos que procurar darles lo que les ayude a hacerlo de forma saludable.

1. Sistema de puntos y recompensas

Funciona, pero dura poco, el niño va obteniendo puntos o fichas cada vez que su comportamiento pasa por el escáner del adulto y éste considera que es “apto”. Pero con estos métodos, el niño no aprende tanto a comportarse teniendo en cuenta a los demás, por ejemplo, no aprende que cuando hace ruido puede molestar a una persona con la que comparte un espacio, que cuando le grita a alguien se puede sentir violentado o que si tiene sus cosas desordenadas le costará más encontrar algo que busca.

Los niños aprenden que, si quieren obtener algo que desean, tienen que darle al adulto un tipo de conducta, con lo cual comportarse bien se convierte en una manera de obtener un bien y en cuanto se consigue el premio ya nada motiva la “buena conducta”. En Navidad vemos mucho de esto, lo dejo para otro artículo.

2. Amenaza y posibles castigos

Amenazar no conseguirá que tus hijos te obedezcan
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La amenaza es algo así como “perro ladrador poco mordedor”, advertimos de lo que puede suceder si la conducta no mejora y en el fondo deseamos que sea suficiente con la amenaza porque no a todos los padres les gusta subir un escalón y cumplirla, hay quien vive con mucha frustración tener que cumplir su palabra y de alguna manera le suman culpa “tú te lo has buscado, estás castigada por no haberme hecho caso”.

3. El silencio y la indiferencia

Lo queramos o no es un tipo de castigo. Hay quien cree que no castiga porque su idea de castigar es “quitarle al niño lo que más le gusta” y sí, este es un tipo de castigo nada educativo, pero en realidad lo que el niño percibe como castigo es que se le deje de hablar, se le ignore o se le haga sentir mal con “buenas formas” como por ejemplo “hijo, veo que no me quieres hacer caso, si te caes y te haces daño, no me pidas que te lleve al hospital…”, y efectivamente cuando este pronóstico se cumple, porque el niño no ha encontrado ningún límite a su exploración, no se atiende su llanto a no ser que el daño sea tan grave que haya que llevarlo de urgencia al hospital.

Eduquemos a través de los buenos tratos para que aprendan a tolerar la frustración, a expresar mejor lo que desean, a adaptarse a los espacios, a pedir ayuda, a comunicarse de forma emocionalmente competente para saber relacionarse mejor, en definitiva, eduquemos para saber vivir en sociedad y para que el miedo a no ser queridos o aceptados, nunca se convierta en un motivo para mostrar externamente lo que no sienten internamente.

Leticia Garcés

Leticia Garcés

Pedagoga. En 2010 fundó Padres Formados, desde donde imparte cursos de  formación a familias y profesionales en temas relacionados con la Educación Emocional y la Parentalidad Positiva tanto presencial como online, a nivel nacional e internacional (Colombia y México).

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