Ser Padres

Cifras y cifras

La conciliación sin abuelos y sin familiares cerca es mucho más complicada. Hoy, Carmen Encantada nos habla de cifras, de fines de semana al cuidado de sus nietos y de compaginar vida laboral, familiar y privada.

«No, el del ocho tampoco. Ni el del ocho, ni el del quince, ni el del veintidós, ni el del veintinueve». Así repasaba el otro día mi hija Lourdes los fines de semana del mes, tratando de cuadrar un viaje con sus amigas. Estábamos en su cocina, ella con el teléfono en el cuello mientras se preparaba un batido de acelgas y kivi, y yo haciendo la tarea con mi nieta Alba en una mesa muy moderna que tienen. Es que fui a echarle una mano a mi hija porque le tocaba teletrabajo y, claro, con los niños en casa, no se concentra. La pobre mía está sufriendo una barbaridad, porque aparte de no ponerse de acuerdo en las fechas del viaje con las amigas, parece ser que hay dos facciones enfrentadas en cuanto al destino en sí; unas quieren ir a un circuito de tirolinas a la Alcarria, y las otras una cata de vinos a Peñafiel para luego alojarse en unas bolas galácticas que hay por allí. Pobrecita mía, con el estrés que tiene.
Decía (con perdón): «Joder, tía, ya hemos ido a quinientas catas de vino, es que es indignante, me niego». A veces es un poco malhablada, mi hija, como su padre. Además de las palabrotas, me he dado cuenta de que su lenguaje suele estar lleno de cifras. Si la llamo a media mañana me dice «Mamá, ¿qué quieres? Tengo trescientos correos sin leer». O si nos reunimos un domingo y le estoy contando los secretos de mi sofrito, me comenta «Mamá, por el amor de Dios, me lo has contado mil doscientas veces». Otra frase recurrente es «Mamá, llegamos en quince minutos, ten a los niños listos, por fa, que no nos podemos quedar. ¿Los has bañado?».
A mí las matemáticas nunca se me han dado mal, en el colegio era de las más avanzadas de la clase. O sea, que no me cuesta nada ayudar con la tarea a mi nieta, que la pobrecita se despista con una mosca. Se recuesta sobre el cuaderno y se queda mirando al techo con el lápiz en la mano, como esperando que le llegue la respuesta por el aire. La verdad es que era difícil concentrarse con mi hija allí lamentándose por teléfono: «Pues tía, el del ocho no puedo porque tenemos la boda de Irene... La prima de Carlos... Sí, se casa otra vez, esta vez por la Iglesia. ¿Eh? En Lugo, quinientos kilómetros. No, ella es de Alcobendas y el novio de Wisconsin, pero les hace ilusión Galicia». Mi nieta me miró con carilla cómplice, porque ya sabe que eso significa que su hermano y ella se quedan en mi casa todo el fin de semana; y ya sé yo que me toca hacer natillas para un regimiento y prepararme para apaciguar a mi marido.
Mi hija siguió con el recuento. «El del quince tenemos aniversario Erasmus de Carlos... Ya, tía, un coñazo, son todos unos frikis. Además, la alemana de las narices está todo el rato sobando a Carlos, me pone del hígado. Pero tengo que ir, que propuse yo lo de Croacia. Vamos a ser treinta y ocho en total». Mi nieta volvió a levantar la cara del cuaderno y me preguntó que si yo conozco a Erasmus, y que si sabía cuántos años cumple, que qué es sobar y que si en Croacia hay parque Warner o Disney. Ay, mi niña, le cambió el gesto cuando cayó en la cuenta que no estaba invitada a la celebración. Yo me apresuré a leer el enunciado de un problema a modo de punto y aparte, pero se me adelantó la batidora donde mi hija había reunido las acelgas y el kivi. Por un momento nos quedamos las tres calladas, fijando la vista en el puré macrobiótico, resignadas al estruendo, apreciando el milagro de la fuerza centrífuga.
Después mi hija retomó la conversación sirviéndose la pócima en un vaso ancho: «El del veintidós tengo viaje de curro. Pues nada, mi jefe, que de vez en cuando se pone creativo, y le ha dado por que hagamos una convivencia con todo el equipo. Cuarentiocho horas haciendo dinámicas de grupo en una masía de Tarragona. Y encima hay gente que va cabreada porque lo hacemos en Cataluña».
Mi nieta Alba ya me estaba clavando la mirada desde la mitad del discurso. Que qué son dinámicas de grupo. Yo le dije que jugar al pimpón. Me rebotó que el pimpón es de dos, no de grupo, y que cómo va a jugar su madre al pimpón en una reunión de trabajo. Me aferré a una multiplicación de dos cifras antes de que llegase a la cuestión catalana.
Por fin mi hija alcanzó el último fin de semana del mes: «El veintinueve es la carrera solidaria. Vienes, ¿no? Son solo diez kilómetros», cogió su zumo verde y se alejó por el pasillo arengando a su amiga para que participase en la carrera, porque «es importante que vayamos todas, tía, que hay que ser altruista en esta vida...».
Alba me volvió a mirar, esta vez sin interrogantes en la cara. Que ya había terminado, que si jugábamos a algo. Y que no me preocupase, que prometía portarse bien los cuatro fines de semana.
En fin, cielos, felices cifras a todos.

Protagonista de ELLOS ENCANTADOS (¿QUÉ SERÍA DE TUS HIJOS SIN TUS PADRES?)" de Pablo Dávila Castañeda, publicado por MUEVE TU LENGUA.

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