Ser Padres

El pediatra, ¿debe ser médico o asesor?

Le pedimos consejo sobre las cosas más variopintas: la introducción de alimentos, la sillita del coche o el sueño del bebé. Por eso algunos pediatras nos recuerdan que su función es prevenir, diagnosticar y curar enfermedades.

Autor: Lidia García-Fresneda
Con nuestro hijo llega a nuestra vida una nueva figura que nos acompañará durante sus primeros años: el pediatra. A menudo nos embarcamos en un intenso trabajo de investigación en busca de “el” pediatra. Cuando tras preguntar a amigos y conocidos parece que lo hemos encontrado, nos pedimos la mañana libre en el trabajo para ir a verlo y tardamos una hora en llegar hasta su consulta, resulta que es un poco seco, o no nos da información sobre los menús que deberíamos darle al niño (vaya), u opina que ya va siendo hora de quitarle el pecho (de eso ni hablar). Y lo mismo nos puede ocurrir con ese pediatra que nos ha tocado en la Seguridad Social, al lado de casa: no nos convence, no nos gusta, estamos decepcionados, ¿no será que esperábamos del pediatra algo que en realidad no le corresponde?

¿Qué debemos esperar de nuestro pediatra?

El diagnóstico y tratamiento de las enfermedades de la infancia. En algunos casos, obtendremos también medidas de prevención. Ya está, nada más.

¿Qué no debemos esperar del médico de nuestro hijo?

No debemos esperar que nos diga cómo criar a nuestro hijo, cuándo quitarle el pecho, cómo debe dormir, ni deberíamos esperar que nos diera dietas para niños sanos, entre otras cosas: «A una persona sana no se le pone una dieta», especifica el pediatra Carlos González. Muchas veces, sin embargo, nos acercamos al pediatra con un niño sano esperando que supere sus competencias y nos oriente en otras cuestiones. Aquí suelen empezar bastantes problemas. A veces es el mismo pediatra el que piensa que debe entrar en estos temas.

¿Debe estar de acuerdo con nosotros en cuestiones de crianza?

No es necesario. La crianza de nuestros hijos es algo que nos compete a nosotros, y lo que opine nuestro pediatra es tan relevante o irrelevante como el equipo de fútbol al que pertenece. Si él se ciñe a su trabajo –enfermedades-, y nosotros no le pedimos que opine sobre el nuestro –crianza-, no tenemos por qué estar de acuerdo en todo. Ni discutir por ello. Ni sentirnos ofendidos porque tenga otra opinión, siempre que nos relacionemos con respeto.
El pediatra, pues, está para lo que está, y uno de los problemas es que a veces, por inseguridad, queremos que esté para otras muchas cosas que no son de su competencia. Si nos responsabilizamos de nuestra parte, él se encargará de diagnosticar y tratar las enfermedades de nuestro hijo.

¿Cómo encontrar el doctor más adecuado?

La pregunta tiene truco: en realidad, no existe “el” pediatra adecuado. Cada niño es único, cada profesional también. La mayoría de los profesionales son competentes, aunque los hay mejores y peores, como en todo.
Y lo cierto es que no podemos evaluar la competencia profesional del pediatra, porque no sabemos más de medicina que él. Podemos tener en cuenta el trato personal, lo limpia que está su consulta, podemos evaluar si hay que esperar mucho o poco para ser atendidos –y cada uno interpretará esto de una manera -, pero lo cierto es que en realidad ninguno de estos datos, por más que queramos, nos da información de su competencia profesional. Ni siquiera su lista de espera nos habla de ello.

Entonces, ¿no podemos saber si lo hace bien o no?

A priori, no. A posteriori, sabremos si estamos contentos o no con él, lo que no quiere decir que podamos juzgar su trabajo.

¿Podemos diferenciar a un buen de un mal profesional?

Es difícil, en general no. Sin embargo podemos tener en cuenta algunas ideas, y buscar siempre el equilibrio. Deberíamos tener en cuenta que:

Un doctor que sea como yo soy

La realidad, al final, es que cuando buscamos pediatra buscamos a alguien más o menos como nosotros.
Buscar el equilibrio, sin embargo, tanto en nosotros mismos como en nuestro pediatra, puede ser una buena forma de proteger la salud de nuestro hijo.

¿Cómo debe ser la relación con el médico de nuestro hijo?

Educada y honesta. Una vez que hemos elegido un pediatra y acudimos a él, contémosle con confianza lo que nos preocupa de la salud de nuestro hijo, y después hagamos caso a lo que nos recomienda. Si por cualquier razón no lo hacemos y volvemos con el niño peor, digámoselo. También si le hemos dado otras cosas que él no recetó. Cuando no somos honestos con el pediatra, el que sale perdiendo es nuestro hijo.

¿Qué hacer si en una cuestión determinada no estamos de acuerdo con él?

Expresarlo abiertamente. Y pedir una segunda opinión, si el tema lo requiere. La segunda opinión es incluso beneficiosa para el profesional, ya que no recae sobre él toda la responsabilidad de un tratamiento. En Estados Unidos es el propio profesional el que recomienda que se pida una segunda opinión. La decisión final es de los padres.

¿Lo llevo al pediatra si está sano, por prevención?

No es buena idea. Los pediatras son profesionales formados en hospitales, es decir, están entrenados para detectar enfermedades. ¿Para qué, entonces, debería acudir un niño sano? Nos arriesgamos a salir de la consulta con una nueva preocupación o con una prueba bajo el brazo. Si el niño está sano, no necesita vigilancia.
En la actualidad muchas de las preocupaciones por la salud de nuestros hijos no tienen un problema real de base. Quizá nuestro hijo no encaja perfectamente en una estadística y resulta que es bajito (como su padre), parece que come poco (aunque crece sano), no presta mucha atención (porque está jugando)... ¿Es necesaria tanta preocupación? No. No deberíamos convertir cuestiones normales en enfermedad. Para evitarlo, deberíamos acudir al pediatra cuando sea realmente necesario, es decir, cuando el niño esté enfermo.
Si nos acostumbramos a desconfiar de la salud de nuestros hijos y de nuestra propia capacidad como padres para detectar cuándo las cosas no van bien, acabaremos dependiendo siempre de una opinión externa, ajena, y podemos acabar convirtiendo cualquier situación normal en un problema. Ni nuestros hijos, ni nuestro pediatra, ni nosotros mismos nos beneficiamos de ello.

Entonces, ¿a quién acudimos con nuestras dudas sobre crianza?

Antes eran las madres, las abuelas y todas las mujeres de la familia las que transmitían a la nueva madre los conocimientos sobre la crianza. Las nuevas madres, además, habían estado en contacto con bebés y niños toda su vida. Hoy la situación social ha cambiado y no siempre tenemos esa información ni ese respaldo social proveniente del “clan”.
En ese caso, una buena opción es buscar a mujeres u hombres en nuestra misma situación para compartir con ellas las dudas de crianza. Los grupos de madres son muy apropiados, ya que encontraremos a unas mujeres resolviendo nuestras mismas dificultades, y a otras que ya han pasado por ellas. Cualquier grupo de madres o padre sirve, también el del parque o las dos vecinas del bloque que tienen bebés. Comunicarnos con otras mujeres será una buena fuente de buena información.
También hay muchos buenos libros y revistas sobre estos temas que nos pueden ayudar a encontrar información valiosa mucha de la cual, en realidad, ya sabemos. Porque lo que más debemos escuchar y valorar en relación a la crianza de nuestros hijos es nuestra propia intuición, esa función cerebral que maneja los grandes bloques de información que duermen en nuestro inconsciente y que, según los últimos estudios, tiene más posibilidades que la razón de ofrecernos una buena respuesta.
Asesor: Carlos González, pediatra experto en lactancia materna y alimentación del bebé y autor de Entre tu pediatra y tú (ed. Temas de Hoy)
 
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