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Mi bebé llora a todas horas, ¿por qué?

Tranquilos, despiertos, simpáticos, irritables… los recién nacidos no son una “tabla rasa” sino que nacen con la impronta de un carácter que viene ya definido por la herencia genética y las experiencias tempranas. Así son nuestros peques.

Mi bebé llora a todas horas, ¿por qué?

Por unas u otras causas (una genética que determina una sensibilidad especial, traumas vividos por la madre o el bebé durante el embarazo o parto, circunstancias ambientales adversas o la combinación de algunos de estos factores) el bebé puede manifestar, desde el momento del nacimiento, una tendencia al estrés muy marcada y que no está justificada por la presencia de ningún problema médico. Por eso, pese a ser bebés normales y sanos, muestran un patrón afectivo y de comportamiento peculiar que pone a prueba hasta a los papás más “pacientes”, ya que se aleja mucho de la imagen del bebé plácido que forma parte del imaginario colectivo. Por ejemplo:

  • Llanto a todas horas: “llora como si no hubiera nada que le consolara” “se sobreestimula como muchísima facilidad y de estar disfrutando tranquilo con un juguete, pasa al llanto en segundos”
  • Sueño: “necesita contacto físico constante, no puede estar ni en el carrito ni en la cuna medio segundo” “se despierta varias veces durante la noche y durante el día apenas hace siestas, es como si no necesitara descansar”.
  • Alimentación: “parece que tiene hambre a todas horas y que nunca queda saciada” “las tomas pueden convertirse en un infierno si no acertamos a estar en las condiciones ideales de luz, sonido… y paciencia”.
  • Tensión corporal y actividad: “nunca la vemos relajada o satisfecha, es una cría que está siempre en alerta, esperando algo que nunca llega, moviéndose sin parar”. “Cuando le cogemos en brazos para acunarle o calmarle, se pone tenso como una cuerda ”

Pretender negar lo que sucede (tratándole como si no pasara nada o pensando que está mal acostumbrado o que nos chantajea) oprivar al bebé sensible de la atención específica que necesita, son posturas que solo agravarán la situación. Por eso, aunque no hay que dramatizar, la cantidad de recursos personales que son necesarios para atender convenientemente a estos bebés hace que en ocasiones sea necesario que los propios padres reciban información y ayuda específicas para afrontar las demandas del día a día: el objetivo es que tengan herramientas para responder al bebé de forma adecuada y ayudarle a crecer.

 

Le puede ayudar...

Atender su llanto

El llanto del bebé siempre expresa una necesidad, bien física (hambre, frío, calor, quietud), de consuelo afectivo o de desahogo. En todos los casos hay que atender al bebé tan pronto como sea posible, proporcionándole contacto físico cercano (pecho con pecho si es posible), tranquilidad y palabras bonitas dichas con suavidad. Si observamos que nuestro bebé ha comido, está limpio, le estamos acunando amorosamente durante un buen rato y aún así no deja de llorar, lo mejor es relajarse, respirar hondo y, con el bebé en el regazo, permitir que se desahogue, haciéndole saber que “estamos ahí” y que “puede llorar lo que necesite”. El llanto del bebé no siempre tiene que ser reprimido (lo que no significa que haya que dejarle llorar solo). En ocasiones, el acto de llorar en sí mismo representa un desahogo necesario para liberar tensiones y simplemente hay que “recoger su llanto en nuestros brazos”.

Dormir juntos

Los bebés que se despiertan muy a menudo durante la noche necesitan tener lo más cerca posible a sus padres para atenderles y ayudarles a conciliar el sueño de nuevo. Como esta situación, sostenida en el tiempo, pasa factura a todos (en forma de cansancio y ojeras principalmente), la fórmula más adecuada es dormir juntos o en la misma habitación, con el fin de lograr un mejor descanso para todos: el pecho y el olor de mamá, la voz de papá y la seguridad de estar protegido favorecen un sueño más reparador. Respirar de forma tranquila (haciendo inspiraciones y expiraciones largas y sonoras) muy cerca del bebé le ayudará a relajarse. Si le ponemos sobre nuestro pecho y además percibe los movimientos de nuestro tórax y el latido de nuestro corazón, mejor.

Equilibrio personal

Una pareja comprometida, el cultivo de la tranquilidad (mediante actividades como relajación, yoga, lectura …) y disponer de una red de apoyo adecuada (alguien de confianza que se ocupe de las tareas domésticas, que nos tome el relevo cuando estemos al límite o con quien compartir nuestras dudas y ratos de parque), son la base del equilibrio personal y la paciencia necesarias para afrontar los momentos de tensión con la mayor calma posible. Existen bastantes grupos de apoyo (algunos con locales a los que acudir a realizar diferentes actividades y pasar un rato en compañía) y redes online con quienes compartir la aventura de la maternidad y la paternidad. Muchos profesionales (psicólogos, educadores) también podrán ayudarnos cuando sintamos que necesitamos una ayuda “extra”.

Quererle tal y como es

Nuestro bebé necesita que le aceptemos tal y como es y aunque a veces nos saque de nuestras casillas o tengamos el oculto deseo de que sea más tranquilo, dormilón o risueño, es fundamental que comprendamos que “hace lo que puede” y desde luego, nada de ello es para hacernos sentir mal. Todos los seres humanos somos diferentes y nuestros hijos no son una excepción. Hay que quererles y valorarles sin compararles con los demás y tratar de adaptar nuestra forma de criar a su forma de ser.

Un entorno tranquilo

Es especialmente importante que el bebé sensible se críe en un entorno en el que la estimulación sea moderada. Los ruidos fuertes o constantes (música, gritos de otros niños..), los perfumes, la temperatura, el movimiento circundante (coches, multitud en la calle..) y la estimulación visual (televisión, juguetes llamativos) han de adaptarse a su umbral de tolerancia particular. Siempre que podamos, busquemos entornos en los que podamos ofrecerle al bebé toda nuestra atención sin distracciones: una habitación con luz suave y música ténue, una pradera con sombra, etc.

Pensar y hablar en positivo

Aunque no lleguemos a conocer las causas últimas de su forma de ser, sí podemos hacer una lectura en positivo de nuestra historia juntos. Así, en vez de decirnos (y decirle a todo el mundo) que “nos ha salido un bebé muy quejica, es desesperante”, podemos decir “nuestro bebé es muy sensible y a veces lo pasamos todos muy mal”. Se trata del mismo mensaje, pero con diferente fondo. Los mensajes que recibe nuestro hijo, aún mucho antes de comprender el lenguaje hablado, tienen un impacto en la forma de verse a sí mismo y su historia. No hay que mentir (si tuvimos un postparto horrible, lo tuvimos, o si no pegamos ojo por las noches desde hace meses, es que no dormimos), pero las palabras y la forma que escogemos para contarlo (y contárnoslo) pueden marcar la diferencia.

 

Seis trucos que funcionan

1. Cantarle: Nuestra voz es una forma de contacto que el bebé conoce ya desde el vientre y, aunque no sustituye al calor del pecho, tranquiliza al bebé y complementa a las caricias y los achuchones. Las canciones (inventadas o populares) además de ayudar a relajarnos, son un puente de comunicación verbal y emocional que no debemos desaprovechar. ¿Recordamos alguna canción de nuestra infancia? ¿Esa melodía que nos cantaba nuestra abuela y que aún llevamos en el corazón? Rescatar del recuerdo canciones que nos emocionaron es un precioso regalo para nuestro hijo y un bonito homenaje nuestros antepasados (¡que con un poco de suerte nos darán fuerza para hacerlo cada día mejor!)

2. Llevarle en un foulard: Está demostrado que los bebés que son “porteados” (es decir, llevados en brazos, sobre el pecho o sobre la espalda de su mamá, papá o cuidadores, manualmente o con la ayuda de mochilas o telas) lloran menos de lo que llorarían si estuvieran en una cuna y se muestran en general más tranquilos, además de dormir y comer más y mejor. Si a nuestro bebé le gusta estar en brazos (que no a todos les gusta), lo mejor que podemos hacer para prevenir situaciones de malestar es llevarlo encima todo lo que podamos e instruir a las personas que nos vayan a ayudar a cuidarlo para que hagan lo mismo.

 

3. Dar largos paseos: Los paseos al aire libre son una fuente de salud para los bebés y a muchos les calma en las “horas malas” (que suelen ser al atardecer). Escoger un entorno agradable (un parque cercano a casa, la orilla de la playa) y dar todos los días una larga caminata es una de las mejores terapias contra el estrés (de niños y mayores).

 

4. Cambiar de brazos: ¿Qué tendrá la abuela que en sus brazos no llora? o ¿por qué los brazos de papá actúan como somnífero instantáneo? Cuando estamos cansadas, nerviosas o irritadas después de un día duro, a veces vienen bien unos brazos “extra” que sean capaces de transmitir la tranquilidad que hemos perdido por el camino. Así, aunque viendo llorar al pequeñajo parezca imposible, “cambiar de brazos” puede ser una receta mágica.

 

5. Un baño relajante: Un baño de espuma, con aroma de lavanda o vainilla, en su bañerita o en la bañera grande con mamá o papá, pueden transformar la “mansión de los horrores” en un auténtico “spa” de relax y bienestar. Si envolvemos después al bebé en un arrullo y le mecemos al calorcito tendremos todas las papeletas para un final feliz.

 

6. Juegos de descarga: Tirar muñecos blanditos lo más lejos que pueda, rasgar papeles (podemos darle una revista vieja y que la destroce, supervisando que no se lleve los trocitos a la boca), dar golpes con una pala en un cubo, espachurrar la arena húmeda con las manos… son actividades sencillas de descarga que ayudan al bebé a relajarse al tiempo que disfruta de experiencias nuevas.

 

Violeta Alcocer es psicóloga.

 

Etiquetas: alimentación del bebé, bebé, calmar el llanto del bebé, llanto del bebé, mimos, sueño del bebé

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