Ser Padres

Por qué no tiene por qué costar una fortuna tener un hijo de altas capacidades

Muchas familias invierten grandes cantidades de dinero para atender las altas capacidades de sus hijos, pero no es una condición sine qua non de esta característica. No todas las familias lo afrontamos del mismo modo.

Estos días en los que, afortunadamente, tan “de moda” está escribir de niños y niñas con altas capacidades, he leído algunos relatos en los que se explica la gran inversión económica que supone para una familia atender a un menor de estas características. Por supuesto, la de gastar mucho dinero en potenciar las habilidades y talentos de estos peques a través de extraescolares y actividades varias es una opción válida y respetable, seguramente acertada, pero no es este el debate que me ocupa ni interesa. Si lo es el poder ofrecer otro punto de vista, especialmente para compartirlo con aquellas familias con pocos recursos económicos que tengan un hijo o hija con altas capacidades (o más, porque ya sabéis que hay un componente hereditario) y que al buscar información sobre el tema lean esas historias en primera persona y piensen que no van a poder ofrecer a su hijo o hija las oportunidades que se merece. Como padre de una niña de 6 años (primero de Primaria) con altas capacidades, tengo algo que decirles: hay otros caminos, hay otras opciones. Y no tienen que ser tan costosas.

Somos una familia afortunada. No tanto, que también, porque los dos adultos trabajamos y sumamos en conjunto un salario digno para vivir los cuatro. En este sentido, el económico, estamos dentro de ese gigante saco llamado “clase media” que quizá ya va siendo hora de desgranar. Pero lo somos porque disponemos de la capacidad para conciliar —no es fácil pero el ser autónomos tiene sus cosas buenas también—, de manera que podemos pasar bastante tiempo con nuestras dos hijas. Y somos unos afortunados también, sobre todo nuestra hija Julia, que es quien tiene altas capacidades, porque va a un colegio donde se cuida la atención a la diversidad de cada persona y porque ha podido acceder a un recurso público tan valioso como es el PEAC (Programa de Enriquecimiento Educativo de la Comunidad de Madrid).

El hecho de poder pasar tiempo de calidad con nuestra hija Julia, que no ha pisado nunca, por ejemplo, un servicio de acogida en el cole, ese recurso que es indispensable para muchísimas familias trabajadoras, ya nos abre una puerta de par en par a sus padres, y por extensión, a ella también. No es lo mismo estar en la calle a las 4 de la tarde que a las 5 y media o 6.

Disponemos de toda la tarde por delante. No necesariamente para hacer siempre actividades muy programadas o para que pueda ir a 4 extraescolares. Al revés, el aula extraescolar que más pisa es el parque. Tiene 6 años, ya se cansará de ello…hasta que sea adolescente y quiera volver a diario, pero ese es otro cantar. El parque es la actividad que, de largo, más cosas positivas ha aportado a su hija con altas capacidades en estos seis años de vida. No lo cambiaríamos porque fuera bilingüe en inglés, porque estuviera en camino de ser la próxima Mozart al piano o la próxima Hilma Af Klint o Frida Kahlo con el pincel, o porque estuviera ganando ya campeonatos infantiles de alguna disciplina deportiva.

El parque como actividad extraescolar

Las horas de parque tienen una ventaja extra: son gratuitas. Cuestan el “módico precio” de cero euros. Mucho tiempo a sus padres, eso sí. Pero sarna con gusto no pica. Y esta no pica porque, para nosotros, como decía antes, solo ha traído cosas positivas el parque a nuestras hijas en estos 6 años de la mayor y 4 de la pequeña.

Insisto en que es solamente una visión personal, para nada se trata de desacreditar a aquellos papás y mamás que piensan de un modo distinto.

Tiempo libre se traduce en más oportunidades

Al disponer de mucho tiempo “libre”, Julia puede ir haciendo, poco a poco, más cosas. Bueno, más que hacer, probar. Y siempre porque ella lo demanda, después de descubrirlo de nuestra mano o de la algún familiar o amigo antes. Es decir, tratamos de que se acerque de manera natural a una disciplina que no conoce, le abrimos esa puerta, y ella es quien decide si pasa o no, y hasta dónde lo hace

Así descubrió el teatro, por ejemplo. No queríamos, porque era muy peque todavía, pero en el último curso de Educación Infantil quiso probar el teatro aprovechando que en el mismo cole hay clases. Y después de pedírnoslo insistentemente, desde este curso también baila un día a la semana. No ha perdido ni una gota de ilusión por ambas actividades en este tiempo —¿cuántos niños y niñas que están obligados a hacer alguna actividad le cogen manía, no quieren ir o se “desapuntan” al poco de empezar?— y, aunque disfruta de todo lo que la proponemos, tampoco pide más. Es feliz “paladeando” de cada cosa que hace, y somos conscientes de que podríamos llevarla a muchas actividades, pero para nosotros es más importante eliminar de la ecuación de su vida el estrés. Dicho de otro modo, tratamos de aplicar en una niña de altas capacidades eso que Sara Carbonero ha puesto de moda, el #Slowlife, y el ir paso a paso. No es fácil encontrar el equilibrio y puede, de hecho, que nos estemos quedando cortos y que nos estemos equivocando, pero nuestra convicción es la contraria.

La inversión pública, clave

A las dos actividades extraescolares que hace Julia, que también es afortunada porque sus padres puedan invertir los 60 euros, aproximadamente, que nos cuesta que vaya a estas extraescolares —lo normal en muchísimos peques de su edad—, hay que añadir una tercera que es gratuita: el citado PEAC. Dos sábados al mes acude a un centro educativo público donde se junta con otros 14 niños y niñas de altas capacidades. Disfrutan de sesiones de 3 horas con dos clases cada una de diferentes actividades relacionadas con el arte, la lectura, la ciencia o las matemáticas, siempre desde un enfoque divertido y lúdico. Va, con madrugón incluido, y sale encantada.

Se lo pasa en grande, conoce que su realidad es más amplia de lo que puede parecer en su día a día porque niños y niñas con altas capacidades hay muchos, y sigue probando y aprendiendo mientras se divierte. Supongo que ayuda el no esperar nada especial de este recurso: no pretendemos, ni ella por extensión, que salga de allí con algún talento superespecial. Solo seguir sumando pequeños granitos de aprendizaje a su mochila vital.

Sin embargo, este del PEAC es un recurso muy limitado —las niñas, a las que se detecta menos la alta capacidad, tienen prioridad—, de manera que muchos peques se quedan sin disfrutar de la oportunidad que sí tiene Julia. Ojalá continúe la tendencia de estos últimos años y las instituciones públicas sigan ampliando este tipo de recursos educativos para niños y niñas con altas capacidades.

Y del mismo modo, ojalá también se dote a los colegios para que puedan atender a la diversidad de los estudiantes con esta característica. En el caso del cole de Julia, con mucho esfuerzo, han conseguido crear un grupo de altas capacidades que se junta 45 minutos a la semana —alumnado de primero de Primaria a cuarto en el caso del grupo de Julia—. Parece muy poco, pero es muchísimo en comparación con lo que la mayoría de centros hacen en este sentido, la mayoría por falta de recursos.

Ambas cuestiones son claves para conseguir que más familias como la nuestra no tengan que poner más dinero de su bolsillo para acompañar a las altas capacidades de sus hijos e hijas.

Actividades gratuitas complementarias

Partimos de una base en la que podemos “regalar” a nuestra hija dos actividades extraescolares (tres clases de una hora a la semana) y en la que podemos dedicarle más tiempo sus padres de lo que la mayoría de papás y mamás pueden pasar con sus hijos e hijas, y a esto se suma que Julia puede acceder a un recurso público tan positivo como el PEAC. Tiene 6 años, no nos parece necesario cargar más su agenda de actividades programadas.

A las horas de parque le añadimos tiempo de ocio familiar, activo casi siempre y muy variado. En casa, mucho, y también fuera. Pero nada se hace por obligación ni sin que ella dé su visto bueno. Intentamos complementar su formación y su ocio aprovechando talleres y actividades que se realizan aquí y allí. Tenemos la suerte, una pizca más si cabe, de vivir en un municipio donde se apuesta por la cultura en general y por la infancia en particular (Rivas Vaciamadrid), y donde la actividad social en comunidad, asociativa, está muy viva, por lo que cada fin de semana se organizan cosas para los peques, muchas gratuitas y otras a precios casi simbólicos. Y a eso se añade la oferta que ofrece Madrid, que no la perdemos de vista, especialmente cuando llegan fechas señaladas en el calendario como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia que tuvo lugar hace poco. Siempre hay talleres y actividades lúdicas para niños y niñas como Julia en este tipo de días señalados que se suman a todo lo que ya de por sí guarda una ciudad como Madrid en materia de ocio y cultura para la infancia. Y no todo, aunque parezca mentira, implica gastar dinero.

En definitiva, no soy nadie para dar lecciones ni consejos, y es indiscutible que las circunstancias familiares son decisivas, pero existen alternativas para acompañar las altas capacidades sin necesidad de invertir una cantidad de dinero elevada. Por un lado, es esencial que las instituciones públicas sigan reforzando sus programas de altas capacidades, gratuitos y con preferencia a aquellas familias que tienen menos, y, por otro lado, es una cuestión de enfoque familiar: el nuestro, que no es ni mejor ni peor que el de otras familias con niños o niñas con altas capacidades es que en una edad como la de nuestra hija, 6 años, la prioridad radica en lo que es, una “niña”, y no tanto en su característica particular, la “alta capacidad”. Preferimos regar esta última poco a poco y dejar que su niñez sea lo más florida que pueda ser. 

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