Rabietas y mal genio

¿Por qué se ha vuelto tan agresivo mi niño?

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Si a tu hijo no le gusta algo, expresa su enfado con violencia. Aunque es su forma de exteriorizar las frustraciones, esto no significa que debas tolerar sus arrebatos de cólera. ¿Cómo hay que actuar?

¿Por qué se ha vuelto tan agresivo mi niño?

Un día cualquiera y sin previo aviso, nuestro hijo nos grita con rabia: '¡No, tonta!'. Pero si simplemente le estábamos quitando la tele, poniendo el babero, sacando del baño, cambiando el pañal... Si, además, nos alcanza con alguna manotada, la sorpresa y el enfado se unen. Pero si la conducta empieza a repetirse y va a más (se unen arañazos, tirones de pelo o mordiscos), se disparan las dudas. ¿Le estaré maleducando? ¿Le pegan en la guardería? ¿Serán cosas de la edad? También se multiplican las formas de responderle, en función de nuestro estado de ánimo.

 

Hay que tener paciencia

  • La mayoría de las veces su comportamiento es una respuesta transitoria, sobre todo si la frenamos con nuestro ejemplo. Está atravesando una época especialmente difícil , no sabe reprimir sus frustraciones y busca una forma efectiva de comunicarse. Debemos dejarle claro que la violencia no lo es.
  • Para ello, nuestra respuesta es clave: con ella potenciaremos (o desactivaremos) la conducta violenta como forma de canalizar su enfado. Después, podemos preguntarnos por las causas de su comportamiento. Generalmente no es más que una frustración mal encauzada; pero otras veces podemos encontrar motivos que debemos atender.
  • Cuando la actitud violenta del pequeño es de leve intensidad (por ejemplo, nos dice 'tonta' como quien dice 'hola', sin mucha pasión), es conveniente hacer como si no lo hubiéramos oído. Al fin y al cabo, ni siquiera sabe lo que significa esa palabra, la ha oído por ahí y la repite. Si, ante actitudes inadecuadas leves, además de no responder distraemos su atención hacia otro tema, difuminamos su conducta agresiva, en lugar de potenciarla, que es lo que haríamos si le respondemos enfadados con un grito.

 

¿Le castigamos o le quitamos importancia?

Cuando sus manifestaciones son más intensas, ya no podemos hacernos los suecos. Junto a la actitud de calmarle, debemos transmitirle un mensaje sencillo y claro: 'no se pega', 'no se muerde'. No hay que entrar en grandes explicaciones, pero sí acompañar el mensaje con el gesto y el tono adecuados: serios, tajantes, no furibundos. Si lo vemos conveniente, podemos aplicar un castigo negativo, que implica privarle de cosas que le gustan para que asocie una consecuencia desagradable a su conducta. Por ejemplo, si nos ha tirado del pelo y lo teníamos en brazos, sin grandes dramas podemos bajarle y decirle que no le volveremos a coger hasta que se calme.

Pero, en general, no debemos darle demasiada importancia a sus exabruptos, ni convertirlos en el centro de nuestras conversaciones. La atención es el reforzador de la conducta más potente. Tanto en positivo como en negativo. Por eso es mejor dejar siempre claro lo que está mal, pero también potenciar con nuestra atención lo que hace bien. Finalmente, podemos hacer las paces y demostrarle que no estamos enfadados.

 

Causas

Pasada la crisis y hechas las paces, sobre todo si la actitud se repite, podemos preguntarnos si se trata simplemente de una respuesta inadecuada que tenemos que enseñarle a corregir o su comportamiento obedece a algún motivo específico. He aquí algunas posibles causas y sus soluciones.

  • ¿Le dejamos suficiente espacio? A los dos años, nuestro hijo se afana en conquistar sus primeras cotas de independencia. Quizá no nos hemos dado cuenta de que ya necesita comer solo (la cuchara es cosa suya, aunque se manche o tengamos poco tiempo), andar por la casa sin el grito de '¡Cuidado!' de fondo, y colaborar en ciertas tareas. En los casos en los que mantenemos una actitud superprotectora que lo ahoga (y genera en él una agresividad que descarga con violencia), debemos revisar nuestra actitud: ha llegado el momento de valorar sus logros y adaptar las normas a sus nuevas habilidades.
  • ¿Le exigimos demasiado? También eso genera una gran frustración que fácilmente se traduce en agresividad y violencia, muchas veces contra nosotros. Lo creamos o no, perciben nuestras expectativas como si se las enumeráramos cada día antes de empezar la jornada. Así que quizá tendríamos que revisarlas, por si son inadecuadas para su edad. Tampoco podemos no esperar absolutamente nada de nuestros hijos. Es más, necesitan que creamos en sus posibilidades, por lo que debemos enseñarles a tolerar pequeñas dosis de frustración. Si el enfado llega tras el desmoronamiento de la torre que estábamos construyendo juntos, tras aplicar las medidas tranquilizadoras, le podemos proponer: 'vamos a intentarlo de nuevo'.
  • Quiere llamar la atención. En este caso, tendremos que preguntarnos por qué lo hace. ¿Es que sólo nos volvemos hacia él cuando nos pega? ¿Le estamos dando suficiente atención? ¿Mostramos alegría ante sus logros?
  • Tampoco podemos descartar que el niño esté sobreexcitado porque la violencia está presente en su vida de alguna manera. En este caso, por una parte imita y por otra reacciona con violencia para descargar sus propias frustraciones. Debemos preguntarnos a qué se debe su estado y en qué medida la violencia está presente en su vida. ¿Le pegan en la guardería? ¿Se pasa los días frente a la pantalla de la tele? En nuestra casa, ¿gritamos demasiado? ¿Se da alguna situación que puede estar afectándole? Una vez que localicemos la fuente de excitación, debemos evitarla.
  • Está experimentando. También es posible que quiera provocarnos un poco para ver qué ocurre. En ese caso, lo mejor es que compruebe que no pasa nada. Dejaremos de interesarle (como conejillos de indias) en cuanto se dé cuenta de que siempre respondemos igual.

 

Principales errores de los padres

  • La agresividad no se aprende, es una emoción básica de supervivencia, y se genera ante un estímulo exterior que percibimos como una amenaza. En sí misma es sana. Lo que sí aprendemos es a canalizar la agresividad de forma positiva (la traducimos en acción que nos ayuda a avanzar), o negativa: la violencia. Cuando nuestro hijo opta por la vía de la ‘violencia’, hemos de enseñarle otros caminos.
  • No debemos responder con risas a un tirón de pelos o a un arañazo: podemos darle a entender que es un juego, y esto le animará a repetir. Tampoco es buena idea mostrarnos indiferentes: 'pobrecillo, aún no sabe expresar con palabras su frustración'.
  • La forma más adecuada de contrarrestar su impulso belicoso es aplicar todo lo contrario: la calma. Nuestro objetivo durante las crisis será desacelerarlo. Si está muy alterado podemos incluso inhibir su movimiento abrazándolo y hablándole bajito, pero nunca zarandeándolo (le estaríamos traspasando nuestra tensión).

 

Asesora: María Pilar Cobos, psicóloga y profesora en la Facultad de Psicología de la Universidad de Málaga.

Etiquetas: 2 años, educación, niños, padres, rabietas

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