Relaciones sociales

Cómo ayudar a tu hijo cuando se siente excluído del grupo

A partir de los 8 años la popularidad entre los compañeros cuentan mucho para la propia imagen y aceptación de sí mismos. Los rechazos, por tanto, son muy sentidos y menoscaban la imagen de sí mismos que se están construyendo.

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Hace días que María ve un poco taciturna a su hija Verónica. Una tarde que va a esperarla a la parada del autobús escolar se da cuenta de que no baja charlando y riendo como de costumbre con sus amigas Sandra y Raquel, las cuales se van con otras chicas sin ni siquiera despedirse de Verónica. Su madre se percata inmediatamente de la situación. La mirada turbada de la niña al caminar hacia ella lo dice todo.

Que un niño se vea rechazado por un grupo de compañeros no tiene nada de extraordinario. Lo mismo sucede más adelante con las calabazas: que a casi todo el mundo se las dan alguna vez. Pero eso sí, también este tipo de rechazo es doloroso.

La importancia de los amigos

Entre los siete y los diez años, la familia ya no es el único centro de interés de los niños. A estas edades,  el grupo de compañeros irrumpe con una gran fuerza: es la etapa de la socialización por los iguales. Surgen las primeras pandillas, los primeros amigos fuertes y de verdad. Por primera vez se establecen estrechos lazos de dependencia afectiva, aunque no sean tan duraderos y trascendentes como los familiares. Y todo lazo afectivo importante conlleva riesgos: los celos, los desengaños, las amargas decepciones...

Hasta ahora los niños han construido su autoestima (el sentimiento del propio valor como persona) casi exclusivamente sobre la base de la valoración y el afecto de padres, familiares más cercanos y algún otro adulto, como los educadores. Los niños de la misma edad eran irrelevantes.

Su círculo se amplía

Pero ahora la aceptación, valoración y popularidad entre los compañeros cuentan mucho para la propia imagen y aceptación de sí mismos. Los rechazos, por tanto, son agudamente sentidos y menoscaban la imagen de sí mismos que se están construyendo.

Y el problema es que en los grupos de niños estos desaires se dan con una gran facilidad. Una vieja ley observada en los grupos es que el hecho de excluir a ciertos elementos hace que aumente la sensación de cohesión entre sus integrantes. Y más aún cuanto mayor es la inmadurez emocional de los implicados; y a los niños todavía no se les puede pedir mucha. ¿No hemos visto mil veces cómo cuando un grupo de personas critican a otra parece que se sintieran más unidas? Esto permite proyectar la agresividad hacia afuera, con lo que el grupo se libera de ella, al menos de momento, y se logra una relación más idílica.

En un grupo de niños, el hecho de dejar de lado a otro hace que sus miembros se sientan más unidos entre sí y más fieles al grupo; logran una fuerte sensación de acuerdo y coincidencia. Ya hemos dicho que a mayor inmadurez, más se usa de estos mecanismos.

Precisamente, los niños están haciendo sus primeras prácticas de relación social, así que recurren con facilidad a esos resortes primitivos de cohesión social. Y lo malo es que el rechazo se acompaña muchas veces de cierta crueldad: motes, murmuraciones, malos modos, etc.

¿Predispuesto a ser rechazado?

Qué duda cabe de que los repipis, los enmadrados, los acusicas  o aquéllos con ciertas características físicas, como el típico gordito, tienen más papeletas para este desdichado sorteo. Pero tampoco es imprescindible poseer ninguna peculiaridad. Muchísimos niños sufren alguna vez esta desagradable experiencia, derivada de esa dinámica de grupo que hemos mencionado.

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¿Por qué se producen estas situaciones?

Un niño puede ver que quien era hasta hace dos días su amigo del alma le abandona ahora para integrarse en una pandilla. Tener uno o dos años menos que los otros (a esa edad tan pocos años son muchos) también puede bastar para aplicarle el implacable veto.

A veces, es cuestión de afinidades. Las aficiones favoritas de Pablo son la lectura, el aeromodelismo, el dibujo y las chapas. Pero en su cole, a la hora del recreo, lo que prima es el fútbol, y Pablo odia ese deporte. Sus preferencias y las de sus compañeros coinciden pocas veces y, en ocasiones, se le ve solo, enfrascado en un libro.   

El mundo de los adultos es bien diferente al de los niños y hay que dejarles que se desenvuelvan en él con espontaneidad, sin exigirles que se comporten como adultos en miniatura. Está claro que, si no les gusta el fútbol –como a Pablo–, ¿por qué van a apuntarse a un partido?; pero si a menudo se quedan rezagados, jugando en solitario, cabe pensar si, en el fondo, lo que sucede es que les cuesta desenvolverse con sus iguales.

Algunos niños cuentan sus problemas sin reparos, pero otros no sueltan prenda. Si observamos en nuestro hijo una tristeza inusual, ésta puede ser una pista. Pero someterle a un interrogatorio puede provocar más reserva. Procede un abordaje con mucho tacto, algo así como: "Te veo un poco triste, a lo mejor te vendría bien contarme lo que te pasa, ¿quieres intentarlo?".

Es bueno establecer cierta complicidad

Quizás la táctica no surta efecto de inmediato; a veces hay que esperar. Que un niño se decida o no a contar cosas íntimas a sus padres depende en gran medida de cómo hayan sido tratadas anteriormente sus confidencias. Si se le dice que son tonterías o se ha tenido la indelicadeza de airearlas sin su consentimiento, no es de extrañar que no vuelva a sincerarse.

Cuando uno espera consuelo y ayuda y no los encuentra, o incluso halla lo contrario, no suele volver a intentarlo. Lo mejor es no quitar importancia ni menospreciar lo que nos cuenten. Hay que escuchar y comprender sus sentimientos.

También es fundamental contrarrestar esa caída en la valoración de sí mismo que estará sufriendo el niño, convenciéndole de que no hay en él nada inferior o defectuoso que haya provocado el rechazo. Un modo de hacerle ver que no sólo a él le ocurren estas cosas es contarle alguna situación similar que hayamos vivido a su edad y hablarle de cuáles fueron nuestros sentimientos al respecto.

En ocasiones, puede ser útil solicitar ayuda al profesor. Él conoce el mundillo social del aula y posee resortes que le permiten intervenir para mejorar las cosas. Si conocemos a los padres de los otros chicos, a veces –no siempre– será posible obtener su colaboración. Pero hay que ser muy prudentes y no pecar de entrometidos. Tal vez los niños prefieran resolver sus conflictos por sí mismos y no tener la impresión de estar teledirigidos por sus padres.

Otra posibilidad es ayudarles a encontrar nuevos amigos. Obsesionados con los que han perdido, quizá no se dan cuenta de que hay otros más adecuados que les aceptarían de buen grado. Podemos sugerirles que se acerquen a ellos e incluso facilitar algún contacto, pero sin forzarles ni mangonearles. También sería bueno inscribirles o animarles a realizar actividades de su agrado en organizaciones donde puedan encontrar nuevos amigos: scouts, clubes deportivos...

No es bueno que nuestro hijo se refugie siempre en el ámbito familiar, pero sí puede tomar fuerzas allí donde los afectos son más sólidos y recargar las pilas para rehacer su vida social. A fin de cuentas, en la mayoría de los casos, estas crisis son pasajeras.

Etiquetas: autoestima

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