Ser Padres

El recreo es para jugar, castigarlos sin jugar no es educativo

El recreo se convierte en uno de los momentos favoritos para muchos niños. Pero también en motivo de castigo para algunos docentes que no saben qué más hacer.

Sé que muchos docentes antes de quitar el recreo lo han intentado todo y que no es su primera opción aunque sí la última, otros directamente la usan porque no han hecho una reflexión profunda al respecto, actúan por inercia y se dejan de llevar por el impulso del momento, “no me obedeces, te quedas sin recreo y espero que aprendas algo”. Lo cierto es que he llegado a escuchar, “este niño lleva todo el año castigado”, pero si la conducta no mejora ¿por qué se mantiene la sanción? Einstein lo explica sencillo, “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.
Foto: Istock

El recreo es para jugarFoto: Istock

Es obvio que si algo no funciona hay que probar otros métodos. Hay quien lo ha sustituido por la “silla de pensar”, “el rincón de las emociones”, “la mesa de la paz” y otras similares que me han llegado a contar para hablar de los conflictos, tranquilizarse o pensar sobre lo sucedido, pero estamos en las mismas. Si no hay un adulto emocionalmente competente capaz de hacer un seguimiento a lo que ha sucedido y hacerles conscientes de cómo se han comportado y qué otros comportamientos son más favorables para una mejor convivencia, podemos decir que nos encontramos ante la misma situación, aplicar una sanción por un mal comportamiento.
Los niños aprenden jugando, se relacionan a través del juego y cuando se distraen o se aburren también se refugian en el juego, muchos niños son sancionados por mal comportamiento o comportamiento disruptivo, y es cierto, no están prestando atención, están hablando con el compañero, están haciendo ruido, se mueven de la mesa, arrastran la silla, gritan en lugar de hablar, le lanzan una goma de borrar al compañero desde una esquina, se ponen a pintar en lugar de terminar el ejercicio, etc. Todas estas conductas son mejorables, pero, ¿de verdad quedándose sin recreo aprenderán la conducta deseada? Creo que sabes la respuesta.
Coincide que todo lo que necesitamos que el alumno aprenda para que su comportamiento sea valorado positivamente tiene que ver con habilidades sociales, pedir permiso para levantarse, ser consciente de que si haces ruido distraes al compañero, regular las ganas de jugar en clase y saber esperar al recreo para incitar al compañero o saber aprovechar el tiempo de estudio para ganar tiempo libre en casa.
¿Cómo podemos enseñar todo esto sin enfadarnos cada vez que no tiene un comportamiento ejemplar? Nuevamente tiene que ver con la empatía y la regulación emocional, para que un niño sea capaz de regular el impulso de jugar en un espacio que no corresponde y pueda empatizar con los demás hasta el punto de saber comportarse en cada espacio como se indica, necesitan acumular muchas experiencias empáticas que les permite actuar desde su prefrontal, de forma más reflexiva y consciente.
Si la empatía la entendemos como la capacidad de compartir los sentimientos, las vivencias o las experiencias de otra persona y al mismo tiempo poder imaginar lo que ocurriría si nosotros estuviéramos en sus zapatos, es obvio que no es suficiente con empatizar, hay que poder actuar de forma prosocial, llevar a cabo acciones empáticas como ayudar a un compañero de clase con una asignatura o guardar silencio cuando lo pide la maestra para contribuir al ambiente de trabajo de aula. Pero también la empatía nos ayuda a inhibir las conductas impulsivas, regular las ganas de hablar o de contar algo a la compañera en un momento de trabajo.
Foto: Istock

Castigo sin recreoFoto: Istock

Con esto quiero decir que podemos estar dejando sin recreo a un niño como consecuencia por su comportamiento en clase y no sólo es injusto porque se queda sin jugar, descansar y desconectar algo que le viene genial para sentirse bien y comportarse mejor, sino que ningún castigo fomenta la empatía que tanto se necesita para mejorar la actitud ante el estudio, el docente y los y las compañeras.
Sabemos que la empatía emerge entre el segundo y tercer año de vida, es aquí cuando pasamos a tener en cuenta a los demás y en la adolescencia habrá un desajuste entre el sistema límbico y la corteza cerebral que no madurará hasta pasados los veinte. Por eso hay que entender que por mucho que usemos el castigo para modificar conductas, entre los diez y los catorce años son más proclives a implicarse en conductas arriesgadas, desafiantes e impulsivas.
Dejarlos sin recreo, castigarlos con más tarea para casa o aplicar sanciones mayores no favorece el desarrollo de la empatía. Tanto en infantil como primaria necesitan desarrollar la regulación emocional asociada a las funciones ejecutivas, que son las actividades mentales más complejas que nos permiten adaptarnos a los distintos contextos, saber estar en clase, en la biblioteca o en el cine por ejemplo. Por lo tanto, más que castigar por un comportamiento que carece de regulación emocional hay que asegurarse que con nuestra corrección favorecemos precisamente el funcionamiento del córtex prefrontal para tener una mejor conducta social.

Pedagoga. En 2010 fundó Padres Formados, desde donde imparte cursos de  formación a familias y profesionales en temas relacionados con la Educación Emocional y la Parentalidad Positiva tanto presencial como online, a nivel nacional e internacional (Colombia y México).

tracking