Ser Padres

Mi bebé se queja por todo: ¿qué le sucede?

Aunque hay niños con más predisposición que otros para ello, los peques no hacen más que recurrir a la táctica más efectiva cuando quieren conseguir cosas, sobre todo en edades donde todavía no hablan bien y tienen un nivel de frustración muy alto.

Un niño no se queja por todo, sino que hace aquello que considera que le va a dar el resultado que desea. Y cuando la edad que tienen es inferior a dos años, dado que apenas han desarrollado el habla todavía, su forma de pedir lo que quieren, es quejarse vía llanto.
No son impertinentes, ni siquiera saben lo que significa ese adjetivo. No lo sabrán en años probablemente. Pero sí saben muy bien que quejarse suele ser sinónimo de alcanzar un objetivo. Puede ser comida, atención o jugar a lo que ellos quieren y no a lo que su hermano mayor o sus padres quieren. Además, es importante tener en cuenta que el tamaño del depósito de frustración de un niño pequeño es una gota. Si se llena, saltan. Y no lo hacen queriendo. Esto es parte de su desarrollo, de cómo gestionan sus emociones y de cómo funciona el cerebro.
Afortunadamente, la neurociencia nos lo ha enseñado y los psicólogos infantiles llevan muchos años intentando divulgar sobre ello. Está muy bien tratar de meterse en la cabeza del peque, pero para hacerlo de forma correcta es fundamental dejar los prejuicios de adulto a un lado porque su engranaje no funciona como el tuyo.

Posibles causas

Para que un niño no se acostumbre a pedirlo todo llorando y con quejas, hay que hacer un trabajo constante con ellos desde que son muy pequeños. Dado que no disponen de alternativas para ello, son sus padres y cualquier persona que esté a su cargo, los que han de proporcionárselas para que entienda que hay otros caminos. Es crucial que así sea, de hecho.
Pero antes incluso de ofrecerle dichas alternativas, el primer paso es legitimar y reconocer que el niño está expresando la necesidad de recibir atención. Agacharse y establecer contacto visual con él, por ejemplo, es mucho más recomendable y efectivo que pegar un alarido de desesperación y poner cala de mala gana. A veces no es fácil, lo sabemos, pero está muy demostrado qué es lo efectivo y positivo para el niño y qué comportamiento no lo es.

Cómo actuar

Una vez lo hayas hecho, el niño necesita calmarse para poder entender que no se pide nada llorando. Es importante hablarle con franqueza y explicarle por qué no es la forma adecuada de demandar algo y por qué no va a tener éxito por dicho camino. Acto seguido es el momento de darle una solución: “por favor, habla e intenta explicármelo” en caso de que el niño ya hable, o proponle que identifique aquello que desee con una palabra o un gesto.
Si su cabreo se debe a que no se puede hacer algo en concreto en ese momento, la mejor forma de arrancar la conversación es legitimando su frustración: “Entiendo que estás molesto porque no podemos ir al parque, pero…”, por ejemplo. En definitiva, la clave es conectar con él. Y sobre todo, nunca, nunca, nunca, le hagas burla con lloriqueo.
Por otro lado, cuando sí pida bien las cosas, no solo es muy recomendable reforzar dicho comportamiento positivo, sino que es primordial atenderle rápido para que entienda que ese sí es el camino para conseguir sus objetivos. Y en caso de que tenga que esperar, que tampoco está mal, piensa que podrá hacerlo alrededor de un minuto por edad. Y ya será un triunfo para el niño conseguirlo sin preguntar de nuevo en intervalos cada vez más rápidos.
Por último, los expertos comparten otro consejo ante una situación así con un niño pequeño: no vale de nada responder de una forma hoy y de otra mañana en función de la paciencia que tengas ese día o del aguante. La firmeza y el cariño no están reñidos y son siempre la mejor opción para que el niño entienda que no se pide todo con quejas y llantos. Si cedes una vez por puro hastío, el peque te cogerá la matrícula y te lo recordará volviendo de nuevo a las andadas en cuanto se presente la ocasión.
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