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La fábula de la lechera: ¿cuál es su moraleja?

Escrita por el fabulista alavés del siglo XXVIII Félix María de Samaniego, es una lectura muy recomendable, que habla sobre cuestiones como la ambición, la decepción o la frustración.

Hace pocas fechas te hablamos de las muchas enseñanzas que deja en los más pequeños la fábula de La liebre y la tortuga, una de las historias clásicas más famosas que existen, en parte gracias a que Disney la llevó al cine en forma de corto en los años del 30 del siglo pasado.
Menos conocida es, en comparación con esta, la fábula de la lechera, pero no por ello menos didáctica e instructiva para los niños. Escrita por el fabulista alavés del siglo XXVIII Félix María de Samaniego, es una lectura muy recomendable, que habla sobre cuestiones tan propias de la vida como la ambición, la decepción o la frustración.
Este relato corto, como todo el género de las fábulas, deja un mensaje final a modo de moraleja que es muy potente para los niños, que además suelen escuchar con atención hasta el final porque se trata de una historia que les interesa y les motiva.
La fábula de la lechera destaca por su sencillez y su simplicidad, lo cual también hace que los niños vean en ella una historia reconocible, relativamente fácil de imaginar para meterse en ella de lleno.

Una historia de ambición y frustración

Cuenta la historia de una lechera que llevando un día la leche al mercado para venderla, se pasa el camino ensimismada imaginándose en qué invertiría dichas ganancias. Pero todo se tuerce de golpe cuando se tropieza con una piedra que encuentra en el camino y derrama toda la leche que iba a vender, no quedándole más remedio que volver a la granja con las manos vacías.
Eso sí, vuelve con una lección de vida muy bien aprendida, que la ambición futura no es más que un producto de la imaginación ya que ni siquiera el presente es algo 100% seguro. Eso y que la frustración es parte de la vida y conviene conocerla para aprender a manejarla de la mejor forma posible porque de lo contrario es una piedra en el camino, nunca mejor dicho, tan grande que impide avanzar.
Para hacerla un poco más cercano a los niños, se puede convertir a la lechera en niña y adaptar también su lenguaje original al castellano que se habla en la actualidad. Pero la historia original de Féliz María de Samaniego dice así:
“Llevaba en la cabeza una Lechera
el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!»
Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre la ofrecía
inocentes ideas de contento,
marchaba sola la feliz Lechera ,
y decía entre sí de esta manera:
«Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
me rodeen cantando el pío, Pío.
Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino,
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.
Llevarélo al mercado,
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña.»
Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.
No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien fiaturo;
mira que ni el presente está seguro.
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